Horacio aconsejaba dejar de vez en cuando las cosas serias. Mi médico, especialista en cabreologia, mantiene la misma opinión para evitar que la gente viva eternamente cabreada observando lo que ocurre a su alrededor. Quizá por ello hoy quiero referirme al último cuento de hadas que se ha publicado. Me refiero naturalmente a la boda de Victoria de Suecia, heredera del trono de ese admirable país, con su príncipe azul, Daniel Westling, propietario de la empresa ‘Master Training’ donde dedicó sus esfuerzos a poner en forma a la princesa que por aquel entonces sufría de anorexia.
Debo confesar que esta boda me ha emocionado. A ella le cayó una lágrima y a él le temblaron las manos. Asistió toda la realeza europea (una especie de club Bilderberg pero más antiguo) y cerca de 1500 invitados. La ceremonia, debido a la crisis actual, solo ha costado un millón de euros, pagados entre la Casa Real y el Gobierno sueco, es decir, el pueblo, pero además han tenido la delicadeza de desplazar a los invitados en autobuses ecológicos. ¡No es enternecedor!
Los ilustres papás de la princesa, el rey Carlos Gustavo XVI, cuyo origen se remonta a los Bernadotte franceses, y Silvia Sommerlath, de acuerdo con los ancestrales prejuicios de las casas reales, se habían opuesto al matrimonio con un plebeyo, algo semejante a lo ocurrido con los príncipes de Asturias, a Abdalá y Rania de Jordania o a Kyril de Bulgaria, para citar algunos casos a fin de ilustrar la democratización y decadencia de la realeza.
Antiguamente, los reyes, emperadores o dictadores de turno, actuaban como monarcas absolutos, cuya autoridad les era concedida por la gracia divina, como aún consta en las monedas franquistas, y podían ahorcar a cualquier súbdito que no les cayera en gracia. Las alianzas con otros países se hacían mediante un conveniente intercambio de hijas. De esta peculiar forma se ampliaban imperios y se sellaban paces. Lamentablemente esta práctica secular producía una decadencia genética, que solo podía complacer a los perversos republicanos, inventores de la guillotina.
Sin embargo debemos constatar que estos cruces legales entre sangre azul y roja, substitutivos del crudo, prepotente y vulgar ‘derecho de pernada’, han dado un cierto glamour y han devuelto el prestigio perdido a las Casas Reales. Basta recordar los entusiasmos delirantes provocados por Diana de Gales. El mismo rey de Suecia para reconocer su error ha nombrado duque de Västergötland y Príncipe al novio.
Este nuevo populismo crea una singular confusión en las mentes republicanas. Si un rey o una princesa, te saludan o te tocan, y no digamos si te abrazan o besan, se produce un milagro inmediato. He visto republicanos, comunistas, ateos o independentistas, que de pronto se han sentido tocados por la Gracia del Espíritu Santo y, como si regresaran de Lourdes, se han sentido curados de sus heterodoxias o como mínimo han colocado un retrato del rey en la cabecera de su lecho.
Para evitar este contagio, uno que además de republicano y federalista es supersticioso, ha diseñado sus propias defensas. Cuando recibo una invitación para una cena o festejo real, procuro dar alguna excusa para no asistir, no sea que me toquen y me dejen invalido.