Artus Mas y Xavier Trias coinciden en un eslogan: la necesidad de cambio. En el caso de las elecciones a la Generalitat una victoria de CiU que posibilitara su retorno al gobiernio supondría restablecer la voluntad popular después de seis elecciones seguidas ganadas por Jordi Pujol y otras dos con Artur Mas triunfador pero que los cambalaches políticos evitaron que gobernara. Esta vez, si se confirman las encuestas, Mas tendría las manos libres.
Para Trias, el reto es distinto. Los socialistas se han atrincherado en el ayuntamiento de Barcelona, así como en la mayoría de municipios del cinturón y en la Diputación de Barcelona. El monopolio en el poder local se remonta a 1979 y hasta ahora no ha habido manera de que haya alternancia.
Caso de que uno u otro acaben ocupando el despacho oficial de presidente o de alcalde, o ambos, ¿tendrán la tentación de levantar el pico de la alfombra? Algo huele a podrido en Dinamarca, querido Hamlet. Mas ya advirtió este domingo en el consell nacional de CiU del pésimo estado en que se pueden encontrar las arcas públicas autonómicas, con números rojos y facturas pendientes no contabilizadas.
Conociendo el talante de Mas, aun denunciando lo que se pueda encontrar, no creo que haga casus belli. Entre otras cosas para no alarmar a los mercados exteriores que son quienes aportan liquidez a la bolsa y a las inversiones. Tampoco veo a Trias erigiéndose en un Torquemada con el fuego purificador contra los socialistas y la herencia recibida.
La política no es cosa de dos días. Toda gestión gubernamental es fruto de una sucesión de actos y de decisiones que vinculan a la administración vigente y a la que la sucede. De modo que un agujero no es atribuible únicamente a quien pasa el testigo como tampoco ostenta en exclusiva la cartera de realizaciones del "haber".
En la transición se hacía un uso abusivo del término "herencia recibida", a veces para camuflar las propias carencias. No hagamos ahora de la tesorería vacía un juicio sumarísimo al gobierno anterior. El tripartito seguramente ha estirado más el brazo que la manga y ha inflado la nómina de funcionarios, pero este pecado ha sido común a las administraciones.
No obstante, conviene estar preparado para administrar las vacas flacas que se atisban en la lontananza.