España, Islandia y Giacomo Casanova
lunes 11 de abril de 2011, 08:23h
En 1768 reinaba el Conde de Aranda mientras Carlos III se dedicaba a la caza y a prohibir que en España se pudiera fumar otro tabaco distinto al de su real monopolio.
El nuestro ya era entonces un país de contradicciones en el que las habitaciones de las posadas tenían los cerrojos por fuera dejando a los viajeros encerrados y siempre disponibles para los registros de la Inquisición. Lo cuenta Giacomo Casanova en sus memorias al recordar los dos años que pasó en España.
En Zaragoza el presidente de la inquisición era Ramón Pignatelli, segundogénito varón del conde de Fuentes y la marquesa de Mora y Coscojuelo. Este hombre, de indudable capacidad gestora, tenía una horrenda costumbre que muestra la doble moral de nuestro país pues siendo alto prelado de la iglesia gustaba de las putas noche sí noche también.
La horrenda costumbre no era el sexo. Ni tan siquiera pagar por compañía y favores de meretrices siendo célibe por voto. Me refiero a lo que hacía a la luz del día y viendo su dignidad en el espejo, cuando sentía el arrepentimiento y lavaba su yerro confesándose. Oraba entonces y… mandaba prender a la alcahueta que le proveyó de la ramera. Así noche y mañana tras noche y mañana, habiendo incluso mandado ajusticiar a más de una de las terceronas. Así somos, sí.
Pero podemos cambiar, estoy seguro.
En estos días hemos visto como en Islandia han echado a sus políticos, los han “despedido”, you’re fired, bastards les dijo uno de los impulsores de la iniciativa. Los islandeses han decidido que los políticos no sirven. Han dicho que no a sus medidas de ahorro, han dicho que no a los ajustes económicos e impuestos y han nombrado un comité formado por 20 ciudadanos elegidos de abajo hacia arriba en comités ascendentes desde los barrios hasta la nación pasando por ciudades y provincias, ninguno de ellos vinculado a la política activa. Estos 20 ciudadanos conforman una Asamblea Constituyente y están ya elaborando una nueva constitución hecha y diseñada a medida de lo que los ciudadanos quieren, no de lo que los políticos dicen que la ciudadanía quiere.
Yo quiero despedir a los políticos españoles.
A todos. ¿Quién se apunta?
Esta semana nuestros políticos han decidido que son demasiado importantes para viajar en turista aunque sea de gratis et amore. Ellos deben viajar en primera. Los del PSOE dicen que se equivocaron y que van a rectificar. Ya, porque les hemos pillado. Los del PP ni se han inmutado, no va con ellos. Los de UPaDance, con Madame LaFucsia al frente, han decidido cambiar su voto por… el de abstención (de esta manera parece que no están de acuerdo pero tampoco cambian el sentido de la votación y siguen disfrutando del chollo pan-europeo del que tanto sabe la hipócrita de Rosa Díez).
Esto ha sido el mismo mes en que hemos sabido que el presidente Griñán ha intentado por todos los medios no entregar al juez los expedientes de los ERE’s raritos y que Pizarro, su consejero de Gobernación, ha tenido que dimitir.
Esto ha sido el mismo mes en que Pablo Zalba, eurodiputado del PP, ha sido cazado por la BBC dando su voto en una ley a cambio de dinero contante y sonante. Ah, sí, presuntamente, que no se me olvide el adverbio no sea que la putrefacción me denuncie.
Esto ha sido el mismo mes en que Eider Gardiazábal, eurodiputada del PSOE, fue cazada por News of the World fichando a las 9:00 a.m. en el parlamento europeo para poder cobrar los 300 euros de dieta diaria y estar a las 10:20 a.m. en el aeropuerto embarcando camino de su casa en España después de habérselo llevado crudo.
Esto ha sido la misma semana en que Mariano Rajoy, aspirante a campeón, ha negado conocer a Ricardo Costa alias Rick, la misma semana en que la ¿gran esperanza blanca? reconoció en directo que no cambiará a Francisco Camps ni aunque lo condene un juez, la misma semana en que este majadero con puro ha aprobado sin pestañear las listas trufadas de corruptos de la Comunidad Valenciana.
Tenemos un problema con nuestros políticos, lector, un problema de magnitud inabarcable con las palabras del diccionario. Tenemos un problema ciclópeo, un problema monumental, un problema titánico, un problema monstruoso, un problema gigantesco, un problema elefantiásico.
Un problema de cojones.
No me basta con decir que quiero ser islandés, eso es obvio. Lo que te pregunto, lector, es ¿cómo lo hacemos? Porque está claro que echarlos hay que echarlos: ellos no sirven, solo van a hundirnos más.