Bin Laden y la modernización del mundo árabe
martes 10 de mayo de 2011, 11:38h
Actualizado: 11 de mayo de 2011, 13:19h
La muerte de Bin Laden exige una reflexión serena, entre otras razones porque sí es efectivamente un signo del tiempo que vivimos. Entre las distintas aristas del tema, dos me parecen las más importantes: a) saber cómo influye este asunto en el proceso de cambios que experimenta el mundo árabe, y b) realizar una valoración moral del hecho, si es que las consideraciones morales siguen sirviendo para algo.
Adelanto que una valoración moral no significa adoptar una posición extrema en cualquier sentido, sino asumir una reflexión moral en la que con mucha frecuencia es necesario un ejercicio de armonización de derechos, porque sucede que los derechos no existen en medio de la nada, sino en relación con otros derechos.
Pero en esta ocasión creo que conviene comenzar por analizar la primera arista. En torno a ella, la pregunta podría formularse así: ¿tiene la muerte de Bin Laden un efecto estructural que podría modificar la dinámica sociopolítica en la que se encuentra embarcado el mundo árabe? Para responder adecuadamente, lo primero que hay que hacer es tener alguna idea de la densidad sistémica que presentan dichos cambios en curso. Y lo cierto es que no está desarrollándose una reflexión muy sólida al respecto, al menos en los medios de comunicación. Las interrogantes suelen versar sobre la sorpresa de las rebeliones o su perspectiva futura.
Sin embargo, mucho antes de esta coyuntura actual, se produjeron algunas reflexiones sistémicas. Por ejemplo, la del choque de civilizaciones de Huntington. Pero conviene recordar que no fue la única. En el contexto del cambio de orientación política de Francis Fukuyama, desde posiciones conservadoras a más moderadas y centristas, un dato destacable consistió en su rechazo frontal de la tesis de Samuel Huntington sobre el choque civilizaciones. La interpretación alternativa del signo de los tiempos que propuso Fukuyama es que, lejos de asistir a un inevitable enfrentamiento de civilizaciones de matriz completamente incompatibles, lo que tenía lugar era una brecha notable entre la aceleración de la modernización en el mundo occidental y su empantanamiento en el mundo árabe.
Algo que no siempre fue así: puede afirmarse que a comienzos del segundo milenio, el desarrollo científico, filosófico y político de la cultura árabe, principalmente islámica, alimentaba a un occidente cristiano mucho menos moderno. Sin embargo, al inicio del tercer milenio, la historia reciente del mundo árabe mostraba un rostro notablemente distinto. Pueden pensarse tres etapas desde la emancipación colonial que siguió a la segunda guerra mundial. Durante la primera se produjo una oleada de nacionalismo árabe, que en algunos países se estableció como sistema político (Egipto y Argelia fueron quizás los casos más paradigmáticos). Con el agotamiento de esta oleada, en torno a los años setenta y ochenta del pasado siglo, se abre una segunda etapa que trajo consigo una serie de regímenes marcados por el inmovilismo estructural, algunos de vieja data, ya fueran monarquías (Marruecos, Jordania, etc.), sistemas estilo socialista de partido único (Irak, Siria) o simplemente postnacionalistas (Túnez, Egipto, Argelia, el camaleónico régimen de Gadafi). Y el grave problema adicional es que tales regímenes no parecían tener otra alternativa que las teocracias fundamentalistas; algo que se convirtió en una de sus justificaciones preferidas ante el mundo occidental.
Este estancamiento sistémico es el que ha sido puesto en cuestión por las recientes revueltas en el mundo árabe, abriendo una nueva etapa. Un asunto que han destacado analistas en todo el mundo es que las reivindicaciones generales, más allá de su imprecisión, reclaman desarrollo socioeconómico y democracia política, sin impulsarlas por cauces religiosos. Es decir, corresponden a la triada que plantearon los clásicos (desde Marx a Max Weber) de la teoría de la modernización: democracia política, desarrollo económico y secularización.
Por cierto, estos procesos han sido interpretados como producto de jóvenes generaciones, pegadas al Facebook y otras redes sociales, que ya estarían en otra onda. Sin embargo, es necesario observar con más atención y evitar así confundir el detonador con el explosivo. Es cierto que estos jóvenes han sido la mecha que encendió las revueltas, pero también es cierto que detrás han habido amplios sectores de población que desean desarrollo humano y quieren dejar atrás el espejismo del fundamentalismo religioso.
Estos acontecimientos no sólo tienen una importancia decisiva para el mundo árabe, sino que la tienen para todo el planeta. Es necesario recordar que esta civilización ha sido considerada hasta el momento como el dique inexpugnable para la expansión de la modernización a nivel mundial. Mientras se aceleraba la modernización en el mundo occidental, incluyendo su componente de secularización (en Europa se habla ya de sociedades postcristianas), el fundamentalismo islámico daba lugar a algunos autores a hablar del regreso de la religión a escala mundial. Todo parece indicar, sin embargo, que el mundo árabe parece dispuesto a enfrentar claramente su propio proceso de modernización. Y ese proceso tiene una naturaleza sistémica suficientemente profunda como para verse demasiado afectada por la muerte de un líder que, de una forma u otra, pertenecía a una dinámica premoderna.