Política y arte dramático
lunes 18 de julio de 2011, 08:18h
Actualizado: 22 de julio de 2011, 20:49h
Existe una suerte de reglamento nunca escrito ni desarrollado sobre el papel que parece obligar a los políticos a no reconocer nunca las contradicciones propias. Y otro que, por el contrario, obliga muy claramente al periodista a que, a la hora de analizar la actividad política del gobierno de turno, saque a la luz precisamente todo lo contrario. A saber, dejar al descubierto de la manera más patente y sencilla posible, sus contradicciones: demostrar que hasta hace muy poco decía digo cuando ahora dice Diego.
Desde que Mr. Google y otros superbuscadores (a veces pienso que diabólicos…) están al alcance de cualquiera y en un santiamén se puede dar fe, casi de acta notarial, respecto a la postura de un ministro o un portavoz cualquiera -los más expuestos a declaraciones públicas, obviamente- , la dosis de cinismo e hipocresía, según los casos, que deben desplegar los afectados, es de tal índole que los profesores de interpretación de la Real Escuela Superior de Arte Dramático, estoy seguro de que los ponen como ejemplo a sus alumnos.
En los últimos años,por ejemplo, los sucesivos gobiernos de José Luis Rodríguez Zapatero -con su presidente a la cabeza-, han sido verdaderos campeones en la utilización del circunloquio, la ambigüedad, la hipérbole, la perífrasis o el rodeo. Y lo han hecho, al menos, en tres asuntos de capital importancia que, por sí solos, cada uno de ellos merecería ser analizado concienzudamente con la extensión y la profundidad precisas hasta llegar a constituir otras tantas tesis doctorales que, sin duda, no tendrían desperdicio. Hablo de la actuación del gobierno en la crisis económica de nuestro país, en la negociación con ETA y en la participación española en las guerras de Afganistán y Libia.
La realidad
Por remitirnos solo al más reciente de los asuntos citados, el presidente ZP ha esgrimido varias razones para justificar la participación española en la guerra de Libia: el respaldo previo del Consejo de Seguridad para proteger a los libios de la represión de Gadafi; el acuerdo europeo; la complicidad regional de la Liga Árabe y la Unión Africana, y, por último, la autorización del Parlamento español. Todo eso es cierto, sí, pero también lo es -como puso de manifiesto en una de las sesiones de control al gobierno, el portavoz de IU, Gaspar Llamazares-, que su postura ha cambiado desde que ambos entonaron el "no a la guerra" en 2003. Llamazares sintetizó así la cuestión: “Hemos pasado del ¡OTAN no! y del ¡No a la guerra!, al sí a esta guerra y a encabezarla”. Mejor y más sintético ejemplo de cuanto digo, no se me ocurre.