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Pasaba por aquí: Muros

Pasaba por aquí: Muros

martes 26 de julio de 2011, 23:05h
Actualizado: 27 de julio de 2011, 00:00h
No creo en la maldad ni la bondad de los lugares. Me parecen estúpidas las apreciaciones (basadas en la nada) que aseguran que un lugar está maldito o bendito. Sí estoy convencida de que hay sitios que mantienen una estela de tristeza, que nos hacen recordar el dolor, que nos incitan a reflexionar, a meditar, a dolernos de alguna forma como modo de no olvidar que ese daño atroz ocurrió. Seguro, amable y estival lector, que usted también siente un punto de daño propio cuando en una carretera cualquiera ve esos ramos de flores amarrados a una farola, a un semáforo, a una señal de tráfico. Esas marchitas plantas que nos recuerdan que alguien dejó ahí, exactamente ahí, su vida y, con ella, la alegría, el cariño y tantas otras cosas de quienes le amaban. No hay flores en los campos de concentración nazis y soviéticos. No hay apenas flores en los metros del muro que en Berlín recuerdan la ignominia que se rompió hace sólo 22 años. No hacen falta más recordatorios de los que ya nos da la memoria, las señales de alarma que transmite a nuestro cerebro el hecho cierto de que los humanos podemos ser capaces de atrocidades sin cuento, de males peores de los que provocan tempestades, terremotos y tsunamis. Y una se pregunta cómo se pueden cerrar los ojos ante tanta maldad cometida en nombre de patrias, religiones o ideologías. Cruces sin nombres, dolor con nombres y apellidos, perpetuado para que el olvido no nos empuje a repetir las atrocidades… Hay que derribar los muros, el de Berlín, el que circunda Palestina, el mental que nos atrofia y nos hace mirar a los otros con orejeras, como los mulos de carga de antaño en nuestros pueblos. No hay que dejar más piedras que aquéllas que sirvan para rememorar para no hundir en los abismos del olvido los humanos dolores que otros, y nosotros con ellos, hemos sufrido en un pasado tan cercano. Millones de muertos nos observan desde el ayer. Y millones de muertos, los que ahora mismo están muriendo por las hambrunas en Somalia, nos van a pedir cuentas mañana. La mayoría de los alemanes, dicen, ignoraban lo que de verdad ocurría en los “campos de trabajo”. Nunca asociaron el humo maloliente que salía hacia el cielo con el tufo de cadáveres incinerados para que no hubiera pruebas del horror. Me lo creo. No hay peor ciego que quien no quiere ver. Lo que no me creo, estival lector, es que tengamos el morro de decir que no se puede hacer nada ante los horrores que sí conocemos, de los que tenemos constancia, imágenes y testimonios. ¿Que se está hundiendo Grecia? Ya quisiera un somalí mantenerse sólo con la basura de cualquier domicilio griego, portugués, español o norteamericano. ¿Que estamos en crisis? Déjeme que me ría. La crisis es que tengamos que ver morir en nuestros brazos y por inanición a un hijo. ¿Puede siquiera imaginarlo? Abra bien los ojos… El futuro nos va a pedir cuentas porque somos más mortíferos por omisión que lo que lo fueron los nazis con todos sus campos de exterminio juntos. Qué vergüenza. Ana Ruiz Echauri. Periodista.
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