El asesino de Noruega es su presidente
miércoles 27 de julio de 2011, 14:06h
Es bastante incongruente, cuando no escapista o ridículo, achacar la barbarie de Oslo a las ideas que, al parecer, echaban gasolina al psicópata fuego interior del asesino templario. Pero no lo es por la inexistencia de una relación de causa y efecto entre lo que creía y lo que hizo, sólo válida en el caso de ser un tarado amén de un ultraderechista; sino por la evidencia de que esas ideas son legales en Noruega –y en toda Europa-, son publicitadas y difundidas y, sobre todo, pueden ser votadas. Y de hecho lo son.
Esto es, o la explicación política a la matanza del panoli rubiato con aires de Cid de los Fiordos es una boutade interesada destinada a amortizar el martirio desde unas siglas –y ahí tienen la impostada reacción ideológica de una parte del PSOE con Rubalcaba a la cabeza, tan patética como la respuesta del turiferario Arenas- o, si es cierta, todos y cada uno de los Gobiernos de Europa son moral, política y casi legalmente responsables por conceder legalidad a un lobo que en cada país se presenta con unas siglas pero bebe la misma sangre ideológica.
No es verdad que se deban respetar todas las ideas mientras no se defiendan con violencia. Y no es cierto que cualquiera pueda defender cualquier cosa siempre y cuando lo haga respetando la democracia, un oxímoron ético y legal por la incontestable incompatibilidad existente entre utilizar la herramienta que se quiere eliminar: si la Constitución de cada nación, si la carta de Derechos Fundamentales, si el Código Penal y si, en definitiva, todo el entramado jurídico y político de Europa consagra la igualdad de credos, razas y sexos, ¿cómo demonios va a ser legal construir un discurso destructivo contra esos valores?
Tarados nazis ha habido siempre. La cuestión es por qué es legal defender todas esas ideas 'pacíficamente'. Esa responsabilidad es de los políticos, en exclusiva
Más allá de la despampanante chapuza policial que permite a un único tarado (o a unos cuantos moros fichados del primero al último por la Policía) volar la City noruega (o el Metro de Londres o los trenes del 11-M) y fusilar a 90 jóvenes sin que nadie lo detecte primero y lo reprenda luego con rapidez; la gran avería que exponen estas matanzas es de la clase política europea, sin excepción de país ni de color.
Ni son capaces de evitar que los valores constitucionales sean pisoteados por esa parte de las minorías étnicas o religiosas que desatan yihads domésticas desde el corazón de las ciudades que los acogen; ni son capaces tampoco de perseguir a quienes hacen una sangrienta enmienda a la totalidad de la democracia y convierten la parte que no funciona en un todo a derribar.
El tal Anders Behring Breivik puede ser sólo un loco, que encuentra una realidad distorsionada en la calle como Charles Manson se inspiraba en los mensajes ocultos del ‘Helter Skelter’ de The Beatles –un simple tobogán infantil, para él una orden del demonio-; o puede ser un loco fascista. Lo sustantivo es que en el primer caso el costoso Estado de Derecho quedó indefenso ante un pistolero y, en el segundo, avaló durante años que sus fuentes de bilis camparan en ayuntamientos, parlamentos y cámaras como Pedro por su casa.
Europa, de Noruega hasta España, tiene infinitos problemas, aunque ninguno tan grave como los de la olvidada y menos quejica África. Pero tal vez el más grave de ellos sea su relativismo, su indolente defensa de los mejores valores que campan en el mundo, su estúpida confusión entre el respeto a la diferencia y la tolerancia con el exceso, su meliflua, retórica e incompetente pasividad ante todo y, por último, su inoperancia para defender lo que le compete.
La Policía llegó tarde; pero la política no llegó nunca. Le Pen no es de ayer.
Es ese tipo de política que permite, a la vez, el castrante velo y el discurso Breivik; que permite una España 2000 en cada país y una Bildu en no pocas regiones; que legisla a la vez contra la inmigración y permite que se agoten los servicios públicos en fines asistenciales alimentando una inquina interracial para esquivar una queja compartida de todos los usuarios y que, en resumen, es intelectualmente estúpida y políticamente trivial cuando toca conocer, aplicar y proteger unas reglas del juego anchas como en ningún otro logar del mundo pero con unos límites establecidos en defensa de los jugadores.
Es probable que siempre haya un Breivik, en Oslo o en Oklahoma, en Madrid o en Casablanca; dispuesto en solitario o con camada a sentirse el Leviatán descrito por Paul Auster –un escritor cansado con el sistema que decide volar todas las réplicas posibles de la Estatua de la Libertad- siendo en realidad un matarife alucinado. Y es seguro que no será fácil detenerlo, aunque ya está bien de que un pigmeo logre en Internet para matar lo que los Cuerpos de Seguridad –más numerosos, mejor pertrechados, y obviamente muy costosos- no obtienen para evitarlo.
Pero no hay ninguna razón objetiva ni moral ni política ni progresista ni conservadora que obligue a facilitar que el fascismo, el nacionalismo agresivo, la fe radical o la xenofobia en nombre de una mal llamada tolerancia que es una simple mezcla de incultura, irresponsabilidad, incompetencia y temeridad doloso de todos y cada uno de los Zapatero, Cameron, Merkel, Sarkozy, Van Rompuy, Barroso y esa casta de burócratas livianos que a la ruina económica le añaden una pereza política bochornosa.
Charles Manson nunca vio a los Beatles y la canción que le inspiró era un homenaje algo heavy a un columpio infantil. Pese a eso, hay 'testimonios' que incluso situán juntos, ensayando, al grupo de Liverpool y al asesino americano