sábado 21 de julio de 2007, 22:20h
Actualizado: 19 de septiembre de 2007, 03:01h
Juegos Panamericanos
Río de Janeiro bien podía cambiar su nombre por el de Río de Lágrimas. En los Panamericanos llora todo el mundo, tanto los que ganan como los que pierden.
Se llora de dolor, de tristeza y de alegría, lloran los niños y los mayores, embargados por el recuerdo de los sacrificios que hay que hacer para compaginar el deporte con el trabajo y las horas que hay que robar al descanso y a las familias para cumplir un sueño.
Lloró la brasileña Natalia Silva, de 22 años, plata en Taekwondo, cuando el público coreó su nombre en la entrega de medallas después de animarla sin parar en el duelo que perdió por el oro con la mexicana Rosario Espinoza.
"La manera como fui aclamada por el público en el podio es un reconocimiento a mi trabajo. Me saltaron las lágrimas al ver a tanta gente gritando mi nombre", dijo Silva,
Lloró también de alegría el ciclista venezolano Andris Hernández después de ganar el oro en puntuación, una medalla que consideró un premio a "una evolución costosa, lenta y difícil". "Me ha costado mucho llegar hasta aquí", dijo el campeón panamericano.
Lloraron los simpatizantes de la levantadora de pesas brasileña Aline Campeiro, que se tuvo que retirar de la prueba de la categoría de 70 kilos al lesionarse la rodilla cuando saltaba de felicidad en la celebración de su registro personal.
"No lloren por mí, estoy feliz, batí mi récord", recomendó Aline a sus seguidores.
Lloró la argentina Rocío Boundy, de 21 años, pero de alegría al conquistar el bronce en Taekwondo. Subida al podio, la deportista marpletense que de chica repartía en bicicleta los diarios del quiosco de su padre no pudo contener el llanto. Eran sus primeros Panamericanos y ya con una medalla en su palmarés.
Lloró toda la noche la nadadora brasileña Daiene Dias, bronce en 200 m. mariposa, tras quedar cuarta en los 100 metros. "Pasé la noche llorando e incluso estuve a punto de no disputar los 200, pero me desperté decidida a nadar", dijo.
Lloró sin parar la gimnasta brasileña Jade Barbosa, de 16 años, después de caerse en la prueba de barras asimétricas cuando lideraba la competición en la tercera ronda, por delante de la nueva estrella de este deporte, la estadounidense Shawn Johnson, de 15, la "reina" de los Juegos con cuatro oros y una plata.
Nadie pudo parar la desolación de Barbosa, ni su compañera de equipo Laís Souza ni su entrenador, Oleg Ostapenko. Toda la tensión y la responsabilidad de actuar delante de su público pesaron como una losa. Barbosa quedó en cuarto lugar. "Era mi primera competición de adulta y sin duda el nerviosismo me aturdió", dijo Jade, luego recompensada con el oro en saltos.
Lloró, como si quisiera imitarle pero por la razón contraria, su compañero en la selección de gimnasia artística Diego Hypólito tras escuchar emocionado el himno nacional después de adjudicarse el oro en suelo y salto.
Lloró el salvadoreño Marvín López, de 26 años, plata en levantamiento de pesas, en la categoría de 56 kilos, porque se convirtió en el primer medallista de su país en los Panamericanos de Río de Janeiro y por la dura preparación que hizo -"dos sesiones diarias desde la mañana hasta la noche"- para aspirar a los metales.
Se deshizo en lágrimas la cubana Yurisel Laborde, de 27 años, que repitió la plata de Santo Domingo '03 en judo, en categoría menos de 78 kilos, después de perder con la brasileña Edinanci Silva. "Me siento muy mal, realmente quería llevar la medalla de oro para mi equipo, hice lo que pude".
Y tampoco pudo retener las lágrimas de alegría la brasileña Priscila Marques, de 116 kilos de peso, bronce en más de 78 kilos al derrotar a la venezolana Giovanna Blanco, de 130 kg, feliz porque lo pasó muy mal después de una lesión de tobillo, obligada a someterse a una estricta dieta para no sobrecargar la articulación dolorida.
Un verdadero Río de Lágrimas en Río de Janeiro, unos Juegos Panamericanos que se están disputando con el corazón. Y el corazón es el que más sabe de emociones.