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A quien corresponda

miércoles 01 de agosto de 2007, 16:28h
Actualizado: 10 de octubre de 2007, 11:36h
El Servicio de Estacionamiento Regulado (SER) tiene ya   horario de verano. Los empleados encargados de que nadie aparque su vehículo en zonas prohibidas empiezan su trabajo  a las nueve de la mañana y  a las tres de la tarde dejan de vigilar las calles con líneas azules o verdes.

El Ayuntamiento de la capital hace bien en no poner pegas a los que nos quedamos en la capital durante el mes de agosto y deseamos recorrer las calles y aparcar lo más cerca posible del lugar elegido. Da gusto no sentir el aliento de los que multan por orden del alcalde, mi buen amigo Alberto Ruiz-Gallardón, quien aprobó hace ya mucho una norma  dando vía libre a todas las zonas con restricciones a los coches con tarjeta de aparcamiento para personas discapacitadas.

Todo magnífico y en regla. Mi problema, y supongo que el de muchos ciudadanos con la misma credencial de acceso a zonas prohibidas, surgió un día antes de la implantación del  nuevo horario del SER. Un señor o señora encargada de poner multas dejó en el parabrisas de mi coche un ticket con un castigo de 90 euros por “estacionar sin el distintivo que lo autoriza en lugar habilitado para el estacionamiento con limitación horaria”. Firmado, el controlador 90138.6.

El precepto infringido, la Ordenanza 61 de Movilidad, que por cierto no sé lo que dice. Aparqué mi vehículo en la calle Doctor Santero, muy cerca del Hospital de Cruz Roja, al que llevé a un buen colega/hermano, apodado “El Francés”, unos días antes de encontrar en el cristal delantero de mi vehículo la multa del Ayuntamiento de Madrid, institución que debería informar a sus empleados  de los derechos de los colectivos de discapacitados antes de lanzarlos a la calle a recaudar  para el Consistorio. No es la primera vez que me sucede.

En otras ocasiones, envié mis quejas a quien correspondía y la sanción pasó a mejor vida. No hicieron más que poner en regla lo que estaba mal hecho. Ahora, en pleno mes de agosto, no me queda más remedio que intentar localizar al que pegó el ticket en mi parabrisas para explicarle, con el decreto municipal en  la mano, que ha metido la pata involuntariamente.

Tarea harto difícil porque el sancionador, que me puso la multa a las 15.45 horas, ya no trabaja  por la tarde. Por eso, dirijo mis quejas a quien corresponda, que seguro no es el trabajador contratado por el Ayuntamiento de Madrid para que se  respete lo decidido por los chicos y chicas de Gallardón, quien debería asegurarse de que se respetan los derechos de las personas con movilidad reducida que desean acceder a todos los lugares de la capital. Es posible que el ‘multador’ no encontrase el  permiso de aparcamiento que concede dicho municipio a estas personas.

No lo tengo porque se negaron a renovarme el que tenía desde hace muchísimos años si no me atenía a unas nuevas condiciones a las que me negué porque me parece impresentable que exijan estar empadronado en Madrid o volver a pasar un reconocimiento médico que no añadiría nada nuevo a mis patologías, por cierto, las mismas que hace décadas. No llevaba el permiso del pueblo cuyo alcalde es Gallardón, quien debe aplicar las mismas medidas de gracia a todos los que tengan cualquier autorización similar de otro municipio.

Llevo una del Ayuntamiento de Rivas-Vaciamadrid que es más pequeña y con un formato diferente a la de Madrid, lo que sin duda despistó al sancionador. Ahora ya está el daño hecho y no me queda más remedio que localizar al que se equivocó o esperar a que llegue septiembre para hablar con los que aprobaron una ordenanza que no supieron explicar a los que la aplican.

Gastan muchos millones de euros para publicitar las obras de la M-30 u otros proyectos del Ayuntamiento de Madrid, pero cero pesetero para hacer llegar a todos los ciudadanos los derechos de las personas discapacitadas y para informar a los que multan de lo jodido que lo tiene una persona con  alguna restricción en su movilidad a la hora de reclamar lo que es suyo. Esta multa no es mía, sino fruto de una cadena de desconocimientos voluntarios o involuntarios que me ha llevado a llevar al papel la inutilidad de tanto inútil, unos por acción y otros por omisión.
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