Peña Corada
martes 08 de enero de 2008, 16:52h
Actualizado: 11 de enero de 2008, 13:50h
Además de una montaña leonesa, Peña Corada es una calle situada dentro de la Colonia Nuestra Señora de los Ángeles, a escasos metros de la sede de la Asamblea de Madrid. Hace muchos años la Empresa Municipal de la Vivienda levantó unos pisitos más bien pequeños para los que menos tenían en aquellos años en los que el franquismo se permitía el lujo de desplazar hacia el 'gran Vallekas' a personas que no entraban en sus cánones de decencia.
En una de esas casas nací yo y en el vago recuerdo de aquellos años 60 veo a mi madre subir con el cántaro, cargado en la fuente colocada entre la Avenida de San Diego y la calle Imagen, y a mi padre arreglando la luz de unos pisos sin instalaciones eléctricas iniciales. Los indeseables que entonces mandaban en la dictadura liderada por uno de los mayores asesinos del siglo XX olvidaron que los servicios de agua y luz deberían incluirse en la entrega de los pisos.
De aquellos años recuerdo al señor que iba a cobrar el recibo de la contribución a cada uno de los bloques de viviendas, conocido por todos como el vigilante, que también recibía denuncias sobre desviaciones de algunos vecinos enojados por la falta de libertad que se vivía y por la chulería de los franquistas, falangistas y demás indeseables adictos al régimen. La calle pura y dura nos servía para dar patadas a los botes, jugar a la lima o a la peonza y en alguna que otra noche de invierno para jugar con el tirachinas a destrozar bombillas colgadas de las farolas.
Se pagaba muy poco, al mes no más de 200 de las antiguas pesetas.
Pasaron los años, murió en la cama el gobernante asesino y llegó la democracia.
Obviamente, no había ascensor en esos bloques de pisos baratos. En el que viví hasta mi emancipación tenía bajo y cuatro plantas. Yo subí y bajé, durante muchos años, repetidas veces los tres que separaban mi vivienda de la calle, ayudándome evidentemente con mis muletas.
Después de mi salida de Peña Corada, volví a agarrarme a las escaleras para subir a ver a mis padres, que hasta hace apenas seis años vivieron en la misma casa. A finales de los años 80, los del Ayuntamiento de Madrid colgaron un cartel en cada bloque en el que, además de declarar los pisos en ruinas, informaban que las casas ya pagadas eran del Consistorio y que no se podían realizar ni compras ni ventas. Parecíamos judíos en el gueto de San Diego, donde los pisos se iban llenando de nuevos moradores cuando los dueños originarios conseguían la prometida casa municipal.
Los señores de la seguridad privada contratada por el Ayuntamiento de la capital pasaban, y pasan, a la hora de evitar nuevos destrozos y ocupaciones. El alcalde, Alberto Ruiz-Gallardón, responsable de lo que sucede en Peña Corada -que se alarga en el tiempo desde la etapa de Juan Barranco al frente de la Alcaldía-, no debe mirar hacia otro lado y desentenderse de la situación en la que aún viven muchas de las personas mayores que alegraban mi infancia y que siguen en unas viviendas tan deterioradas como ellas mismas por el paso de más de medio siglo.
La señora Encarna, vecina del tercero derecha, que se quedó sin su marido, el señor Amalio, el de la autoescuela que, después de sufrir una larga enfermedad que le imposibilitó bajar a la calle, ahora casi no sale para no tener que sufrir las decenas de escaleras que de niño me hacían gracia y ahora me resultan como una patada en los huevos si he de usarlas.
En el cuarto piso siguen viviendo la Posi y el señor Pepe, al que durante años veía cada domingo con su bota de vino camino del campo de fútbol del Rayo Vallecano, y en el piso bajo sigue la Santiaga, de gran corazón pero muy gruñona. Todos ellos con más de 80 años a sus espaldas, a la espera de que el Ayuntamiento de Madrid de una puta vez resuelva la penosa situación de unas personas que merecen algo más que anuncios de que en esos terrenos se construirá un ecobarrio con viviendas bioclimáticas.
Desde aquí me ofrezco a acompañar a mi amigo Gallardón, o a quien él elija, a visitar la calle Peña Corada, donde nací, viví muchos años y ahora siguen mis mayores. Le enseñaría las infraviviendas del Ayuntamiento de la capital, las necesidades urgentes y reales de sus moradores y la desvergüenza de los responsables de que este gueto siga en pie.
Mucha M-30, mucha excelencia y no sé que palabros rimbombantes más, pero la miseria sigue cerca de la casa de la democracia, la Asamblea de Madrid, cuyos diputados deberían exigir que se acabe ya esta situación de personas mayores ultrajadas por los que se creen dueños de nuestros destinos sin darse cuenta de que son los mayordomos elegidos para hacernos las cosas y a los que podemos despedir para colocar de administrador a otro que no se crea, también, amo de nuestras miserias.
Nino Olmeda