Misterio
jueves 07 de febrero de 2008, 19:12h
Actualizado: 11 de febrero de 2008, 07:41h
Hay ciertas conductas sociales que nos son tan propias que se diría que las hemos inventado: hablar a gritos, por ejemplo, remover Roma con Santiago hasta conseguir que alguien de la familia meta la cabeza dentro de la administración pública, zanjar una discusión con la legendaria retahíla de “no sabe usted con quién está hablando” o dejarnos los cuartos sobre la barra de cualquier bar apostando a ver quién la tiene más grande. Todas estas conductas nos son tan propias que me extraña que nadie haya tratado de reflejarlas en otra fallida letra para el himno nacional, aunque, no sé, puestos a buscar una singularidad que realmente nos caracterice, tal vez un hipotético futuro himno debiera reflejar esa costumbre tan nacional de pasarnos la vida hablando de lo que no sabemos: los periodistas y los políticos, por ejemplo, hablamos de todo sin saber de nada; los hombres de las mujeres como si estas hubieran venido al mundo con una manual de instrucciones; los que nunca han jugado al fútbol hablan de regates, saques de esquina y penaltis como si alguna vez hubieran empatado con Maradona y los curas gastan más saliva hablando de la familia, la política y el matrimonio que de lo que, supuestamente, saben; o sea de las bondades del celibato.
El misterio es para la religión lo que el secreto para el Estado: una zona inaccesible que rodea a dios y a los dirigentes. Solo mediante ciertos ritos, algunos elegidos pueden penetrar en ese espacio secreto, recóndito, reservado… Se requieren juramentos, vestiduras, ungüentos y palabras esotéricas para celebrar la ceremonia de iniciación y traspasar, así, al interior de ese enigmático espacio.
Dios, antes, estaba protegido por el rigor de toda esa liturgia, lo mismo que el Estado está protegido por el rigor de sus secretos. En realidad Dios nunca hubiera llegado a ser Dios sino hubiera sido por el misterio que le rodeaba, pero la Iglesia Católica, Apostólica y Romana terminó de precipitarlo hacia la vulgaridad cuando abandonó el latín. A partir de entonces todos comprendimos que Dios tenía muchas preguntas que responder y que los depositarios de su palabra en este planeta, los curas, no se sabían las respuestas, ya que, en realidad, no eran más que unos pobres desgraciados, como nosotros, que solo trataban de adecuarse a los nuevos tiempos guardando la sotana en el armario; vistiendo pantalones tejanos; dejándose barba; viviendo en desordenados apartamentos, tratándonos como si fuéramos colegas de barrio y desenfundando la guitarra para cantar en la misa de doce, tras la lectura de las Sagradas Escrituras, canciones de Victor Jara, María Ostiz, los Chalchaleros o Joan Baez. Seguramente la familia y el estado que nos procuramos con la Constitución de 1978 no necesiten de la Iglesia para sobrevivir, pero si del misterio. La realidad es demasiado vulgar como para soportarla sin una deidad a la reclamarle un poquito de por favor…