La concesión del Premio Nobel de la Paz a la opositora María Corina Machado ha causado en mucha gente una doble satisfacción: en positivo, porque, como ha dicho la Academia sueca, se le otorga “por su incansable trabajo promoviendo los derechos democráticos para el pueblo de Venezuela y por su lucha por lograr una transición justa y pacífica de la dictadura a la democracia”; y en negativo, porque ha disuelto de un plumazo cualquier especulación interesada del entorno de Donald Trump de que el premio le fuera concedido al mandatario norteamericano por haber gestado un alto el fuego en la franja de Gaza.
Sin embargo, esa amenaza no ha desaparecido del todo: los partidarios de Trump no han abandonado la idea de que el premio pudiera recaer en su líder el año que viene. Por eso no resulta ocioso plantearse la pregunta de si sería ético premiar de alguna forma la visión de mundo de Donald Trump.
A primera vista, haber detenido la masacre en Gaza tiene su mérito. Pero creo que no hay que confundir este hecho con su trasfondo ético. En realidad, cabe una lectura maquiavélica de la propuesta pacificadora de Donald Trump. Primero se apoya con todo al gobierno genocida de Benjamín Netanyahu y solo después de decenas de miles de palestinos asesinados, parecen creadas las condiciones para plantear un alto el fuego. Esta posibilidad, no tan remota, lejos de merecer algún galardón merecería una drástica condena de cualquier tribunal internacional.
No obstante, el plan de paz de Trump ha generado la oportunidad de hacer una distinción necesaria, entre quienes lo rechazaron sin más, desde una visión ética formal, y quienes entendimos (apretando los dientes) que representaba una oportunidad de detener la destrucción y el exterminio, desde la perspectiva de la ética de la responsabilidad. En el plano político, los primeros estaban impulsados por la extrema izquierda global y los segundos por sectores de la socialdemocracia y parte de las formaciones conservadoras. En realidad, nada nuevo bajo el sol.
No era la primera vez que veían mis ojos este dilema. De una forma menos clara, ya se manifestó en el debate entre reforma versus ruptura en el inicio de la transición española. Comunistas y extrema izquierda estaban convencidos de que podía liquidarse el franquismo a base de movilizaciones sin necesidad de negociar nada. Mucha otra gente pensamos que no debería haber contradicción entre presión social y negociación con los reformistas. Algo de eso tuvo que ver con los elogios que recibió la transición española en todo el mundo.
Pero quizás el ejemplo más claro tuvo lugar con la forma en que terminó la dictadura de Pinochet en Chile. Asistí, como observador internacional, al debate entre quienes consideraban el referéndum propuesto por la dictadura como una mera trampa que había que rechazar de plano y quienes identificaron el plebiscito como una oportunidad para usar los instrumentos del régimen en su contra. Ese era el verdadero reto y no la movilización callejera para hacer caer a Pinochet y su ejército. Afortunadamente, los partidarios de la ética de la responsabilidad ganaron el debate y así, consiguió ganarse el plebiscito, acceder a la democracia y mandar a Pinochet al basurero de la historia, por mucho que sus partidarios se resistieran.
Creo que los partidarios de la ética formal confunden la soberbia moral con la superioridad moral. Desde luego, en el caucus de la izquierda radical queda mucho mejor practicar el extremismo perceptivo y verbal que el examen de las consecuencias de una determinada opción decisoria. Por eso, el rechazo visceral al plan de paz de Trump estaba cantado. Mucha gente tuvo que recoger velas cuando los negociadores de Hamas aceptaron el alto el fuego propuesto. Desde luego, queda mucho trecho por recorrer hasta ver si eso conduce a una paz estable y duradera, en la perspectiva de la resolución de Naciones Unidas de la creación de dos Estados.
Y tampoco hay que confundir esa situación con el penoso papel que está desempeñando Europa frente a la estrategia de tierra arrasada de Netanyahu. Entrampada con su complejo de culpa histórico, Europa occidental (tanto la UE como Inglaterra) no ha sido capaz de encarar el genocidio en Gaza con alguna política mínimamente responsable. Ni ética formal ni ética de responsabilidad. El capital valórico que supuestamente tiene Europa parece haberse evaporado en esta oportunidad. Esperemos que su subordinación a Estados Unidos no le lleve a apoyar la propuesta de conceder a Trump algún tipo de galardón.