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El peligroso síndrome de la percepción de impunidad

sábado 29 de noviembre de 2025, 14:03h

El desarrollo último del caso Cerdán/Ábalos/Koldo ya permite formular algunas conclusiones y previsiones. Respecto de las primeras, voy a sugerir en esta oportunidad algunas desde el campo de la psicología criminológica.

Desde esta perspectiva, hay una división clásica respecto de la motivación para la comisión de un delito: la percepción consciente de que se esta cometiendo un acto punible y la comisión no abiertamente consciente, procesada principalmente desde la amígdala, que frecuentemente se manifiesta como un acto explosivo. Importa señalar que el hecho de que sea un acto no directamente consciente no implica que no existan motivos en el fondo de ese centro emocional. La novela "Los santos inocentes" de Miguel Delibes, así como la película homónima, es un buen referente de este fenómeno.

En el caso que nos ocupa, las grabaciones realizadas por Koldo y sacadas a la superficie por la UCO muestran claramente que estamos ante el primer supuesto: los tres personajes grabados eran conscientes de estar cometiendo unos actos que podían ser cabalmente punibles.

Cuando se parte de este supuesto, hay dos motivaciones principales para continuar adelante con ese comportamiento previsiblemente punible: el que se desarrolla desde la erótica del riesgo, que con frecuencia se relaciona con alteraciones narcisistas y frecuentemente autodestructivas (algo que suele acompañar los deportes y actividades de riesgo); y el comportamiento que tiene como base el síndrome de sensación de impunidad, un sentimiento que se maximiza cuando parte de la articulación de factores internos y condiciones externas que lo promueven. Estas dos motivaciones (erótica del riesgo y síndrome de impunidad) pueden presentarse combinadas en una proporción similar o bien resultando una muy superior a la otra.

Creo que el caso de José Luis Ábalos es, de los tres implicados, el que refleja mas claramente un comportamiento donde predomina el síndrome de percepción de impunidad. Las confesiones de los allegados de Ábalos aluden a su tendencia a saltarse las normas y a su rechazo de la autoridad, sea esta legítima o no. Esa tendencia le impulsaba a asociarse con una persona que actuaba a contrapelo de las estructuras de un partido político (el PSOE), algo que se fraguó emocionalmente durante un largo viaje en automóvil (el Peugeot) y que se coronó con éxito cuando Pedro Sánchez consiguió hacerse con la secretaría general del partido. Desde ese viaje, Ábalos se convirtió en el impulsor incansable del protagonismo político personalizado de Sánchez, hasta que éste se hiciera con el Gobierno. No es casualidad que fuera Ábalos quien preparó la moción de censura contra Mariano Rajoy.

A partir de ese momento, el hombre confianza de Sánchez se sumergió progresivamente en el peligroso síndrome de la sensación de impunidad. Percibió que podía influir poderosamente en las decisiones políticas del presidente de gobierno y que podía salir airoso en las situaciones donde llevaba directamente la iniciativa (el asunto opaco del aterrizaje en Barajas de la vicepresidenta venezolana Delcy Rodríguez me parece un buen ejemplo). Inmerso en ese síndrome hasta las cejas, Ábalos se convenció de que llevar una vida personal dispendiosa era posible sin riesgo a que sufriera cuestionamiento. Todo lo que se ha conocido posteriormente (mordidas, discrecionalidad, prostitución) formaba parte del paquete.

A partir de esta hipótesis, surgen algunas preguntas incómodas. ¿Participa Pedro Sánchez de este mismo síndrome? ¿La caída de Ábalos arrastrará consigo la caída del presidente de Gobierno?.

Una respuesta positiva a la primera pregunta necesitaría de una extensa justificación. Sólo pueden señalarse indicios que lo apoyarían. Sánchez tiene fama de un cierto narcisismo y una marcada soberbia (algo en lo que insisten sus socios de legislatura). Por otra parte, la hemeroteca le es particularmente adversa: asegurar una rotunda decisión para luego desdecirse, le ha pasado con los pactos con Podemos, el independentismo catalán, la ley de amnistía y un largo etcétera. También hay elementos de su manual de resistencia que apuntan al síndrome del que hablamos. Por otra parte, es difícil concebir que no supiera que las actividades de su esposa caminaban por el filo de la navaja. Y sobre todo, que no tuviera conocimiento alguno de las andanzas de los tres encausados. Como se ha repetido, si tenia algún conocimiento eso le convierte en cómplice y si no tenía ninguna idea le muestra como un completo incompetente. En cualquiera de los dos casos no parece muy compatible con la situación de mantenerse, contra viento y marea, al frente del ejecutivo del país.

A las anteriores interrogantes, se agrega otra de mayor calado. ¿Si se llegara a producir la caída de Sánchez en condiciones de franco deterioro, arrastraría consigo al partido socialista? Esta cuestión también tiene una difícil respuesta. Cabe subrayar, en todo caso, que existen antecedentes al respecto en diversos países del sur de Europa, los más dramáticos en Italia y Grecia, donde los partidos socialistas han desaparecido prácticamente de la escena política (el caso de Francia es menos aparatoso, pero también es señalable).

La desaparición del referente del socialismo democrático en el país sería un verdadero desastre para el sistema democrático español. Pero no es imposible. Depende en buena medida de cómo se produzca la caída de Sánchez y su equipo de dirección. Si Sánchez se enroca por mucho tiempo en el numantinismo lo más previsible es que el deterioro del partido se incremente considerablemente.

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