La pasada semana, sin duda, fue la semana más negra para Sánchez. Y no solo para él, sino también para todo el Gobierno y todo Ferraz, léase sede del partido.
De las investigaciones en la Audiencia Nacional por esos pagos incontrolados y en metálico desde 2018 a dirigentes de todo nivel en el PSOE (del secretario general abajo, cualquiera), a la investigación de la trama del 'caso Koldo' en Canarias sobre la participación del entonces presidente autonómico y hoy ministro de Política Territorial, Ángel Víctor Torres.
Y de la oscura intervención de Leire Díez, la mediática "fontanera" del PSOE para intentar que todos estos casos no tengan recorrido judicial. Pero lo peor estaba por venir: el encarcelamiento, por orden del Tribunal Supremo (TS), de José Luis Ábalos, ex ministro de Transportes y exsecretario de Organización del PSOE y hombre de confianza de Sánchez, y de Koldo García, el "conseguidor" siempre a las órdenes directas de Ábalos. Ambos reemplazaban a Santos Cerdán, que, temporalmente y hasta que se marque una fecha concreta de su juicio, salía de prisión unos días antes.
De aquellos tiempos del Peugeot recorriendo toda España para obtener avales para Pedro Sánchez de cara a las elecciones primarias en el partido, han pasado muchas cosas. Para empezar, como ya se ha dicho, 3 de sus 4 ocupantes están imputados y se piden para ellos muchos años de cárcel. El cuarto, el "número 1", siente cada vez más cerca el aliento de la justicia y no es descabellado afirmar que sus probabilidades de que, tarde o temprano, acabe también sentado en el banquillo son muy altas.
Los puñales silban ya entre Soto del Real, Moncloa y Ferraz. Sánchez ha dicho a Gemma Nierga que José Luis le ha defraudado personalmente, aunque en tiempos no tan lejanos gozase de su plena confianza política... Tiempo tuvo, de conocerlo, desde luego, en las cientos de horas que compartieron en el Peugeot, y mucho me temo que esa nueva mentira no cuela ya ni entre sus propios adeptos. A cambio, y a renglón seguido, Ábalos, el ilustre preso, ha dicho en varios medios, a través de entrevistas que concedió antes de su ingreso en Soto del Real, que "solo chantajea quien puede hacerlo", que es tanto como decir que él conoce muy bien hechos y datos que afectan al presidente (y posiblemente también a otros compañeros de Gobierno y de partido) que podrían ser también constitutivos de delito.
Entretanto, el pleno del Congreso ha vuelto a poner difícil, difícil de verdad, la posibilidad de que puedan aprobarse los primeros Presupuestos Generales del Estado (PGE) de la legislatura, el penúltimo jarro de agua fría para un Gobierno al que mejor haríamos en llamar desgobierno de aquí en adelante. Por otro lado, Junts ha vuelto a hacer oídos sordos a los nuevos y desesperados intentos de Sánchez –dispuesto ahora a acudir a Waterloo a rendir pleitesía a Puigdemont de rodillas si es necesario–, reiterando su postura al afirmar que las negociaciones con el Gobierno ya se han acabado. Y, "a más a más", que dirían sus socios catalanes, vuelve a la palestra la figura siniestra y abusona de mujeres que es Francisco Salazar (Paco para los amigos del PSOE y del Gobierno), por las reiteradas denuncias de varias trabajadoras de Moncloa, que hubieron de acudir al partido porque, de otra forma, habría sido el propio acosador quien habría tenido que examinar esas denuncias que lo ponían en la diana como abusador sexual.
Como ven, toda una colección de asuntos penales, éticos, políticos y estéticos los que rodean al presidente del Gobierno y secretario general del PSOE que, a pesar de todo, sigue mostrándose campanudo y retador y casi viniendo a decir que "a mí que me registren...". El argumentario, por reiterado, ya resulta aburrido. No solo lo utiliza el señor Sánchez, sino todos los ministros, empezando por Pilar Alegría (por cierto, pillada en un reciente encuentro con Paco Salazar en un restaurante, aunque minutos más tarde y con un micro delante descalifique ofendida la conducta de su compañero de mesa y de filas), que primero mienten, después niegan la realidad y, por último e indefectiblemente, acusan de no respetar la democracia (la suya, claro) a quien ose dudar de sus palabras o criticar sus conductas.
Pero el caso es que, pasito a pasito, el Tribunal Supremo, la Audiencia Nacional y varios juzgados siguen sus investigaciones para cerrar el círculo... no de tiza caucasiano, sino de la corrupción endémica del partido, del Gobierno y –no nos olvidemos tampoco de David y Begoña– de la familia de Sánchez.
Con todo, uno no sabe muy bien en qué quedará todo esto, porque él anda más que confiado en que todo pueda volverse del revés cuando las causas acaben –como no es nada difícil concluir– en manos del Tribunal Constitucional (TC). Porque..., ¿de quién depende Conde-Pumpido, de quién depende...?