Cuando en 1949 nació la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN por sus siglas en español, NATO en inglés), para intentar frenar el expansivo poder soviético tras la Segunda Guerra Mundial, nadie podía imaginar que tres cuartos de siglo después el enemigo número uno de Occidente ya no sería la entonces URSS, hoy Rusia, sino el más decisivo integrante de la Alianza. Ha sido precisamente Estados Unidos, su miembro clave y el hasta hoy verdadero baluarte, quien ahora la ha metido de hoz y coz en una crisis tan profunda y sin precedentes hasta la fecha que resulta muy difícil pensar que pueda salir indemne de la situación. Más aún, incluso que llegue a sobrevivir mucho tiempo más si no se hace nada y todo se queda como está.
Afinando un poco más, no es Estados Unidos el verdadero detonante de la situación a la que hemos llegado, sino que, más bien, esta tiene nombre propio: Donald Trump. Con este afán neoimperialista del estadounidense (o "neocolonialista", como lo ha calificado estos días Macron, el presidente de Francia), con su afán obsesivo por desmantelar el orden político y jurídico internacional día tras día, la verdad es que pocos mandatarios del globo saben a qué carta quedarse con este iluminado del siglo XXI que hoy dice una cosa, mañana otra y pasado la contraria a las dos anteriores. El resultado lógico es la estupefacción de los países, primero, y su desconfianza y la parálisis después, incluso entre sus teóricos más firmes aliados que, por momentos, ya no ven al presidente norteamericano como "uno de los nuestros".
La crisis de Groenlandia es, posiblemente, la prueba de fuego clave que tendrá que pasar la OTAN en los próximos meses para definir su nueva identidad o para que salte por los aires tres cuartos de siglo después de su nacimiento. Trump, con su visión cortoplacista e interesada de la política exterior de Estados Unidos, no ve más allá de los negocios, la explotación de las tierras raras y la imposición de la fuerza para imponer su santa voluntad, incluso frente a un país aliado y miembro de la OTAN como es Dinamarca, hoy por hoy el único país que ejerce su soberanía sobre Groenlandia.
Desde Davos (Suiza), Donald Trump ha vuelto a abrir el debate sobre Groenlandia, donde ha recordado la necesidad de iniciar cuanto antes negociaciones para adquirir la isla, a la que se ha referido como «un pedazo de hielo». Y, aunque ha dicho que no usará la fuerza, ha recordado a los asistentes que EE.UU. ya ha pagado de sobra por la OTAN y merece recibir algo a cambio, haciendo referencia al tiempo a la debilidad militar de la UE.
Si, como todo parece apuntar, es imposible la cuadratura del círculo, es decir, la sumisión absoluta y sin condiciones de la política de la Unión Europea (UE) y la misma OTAN a los caprichosos dictados del colonialista Trump, la UE debe despertar de una vez por todas del sueño del "amigo americano", hasta la fecha siempre dispuesto a sacarnos las castañas del fuego frente a toda crisis política, diplomática o de defensa que pudiera surgir en la vieja Europa. O advertimos de una vez por todas que hay que dedicar una partida muchísimo más importante en las economías de todos los países europeos a la seguridad y defensa en nuestros presupuestos, o definitivamente quedaremos relegados a ser meros servidores (criados a sueldo) de los intereses norteamericanos, chinos o rusos, según el momento geopolítico que esté atravesando el mundo.
Urge que los países europeos se sienten alrededor de una mesa, en primer lugar, con el ánimo decidido de reflexionar seriamente sobre el delicado momento que vive el mundo con la irrupción de las políticas trumpistas que han entrado en el escenario internacional como elefantes en cacharrería, y, a renglón seguido y más pronto que tarde, para arbitrar las medidas políticas, económicas y de defensa necesarias –aunque, obviamente, tengan que incidir negativamente en el llamado estado del bienestar–, para garantizar la soberanía del continente, y no acabar siendo relegados al papel de meros comparsas de los grandes agentes mundiales de la política internacional.
El mismo Josep Borrell (ex alto representante de la Unión para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad y presidente del CIDOB) firmaba el pasado una columna en El País en la que afirmaba sin reservas que "se impone con urgencia un cambio de rumbo para garantizar la soberanía e independencia europeas, con medidas coyunturales pero también estructurales, ante la deriva neoimperialista de Putin y Trump".
A Europa no le conviene olvidar nunca que las opiniones del presidente norteamericano suelen ser tan peligrosas como impredecibles. Cambia de opinión con la misma facilidad que de visera, de modo que más vale que nos preparemos cuanto antes para los peores escenarios y que estos no nos pillen con el pie cambiado.