Asistimos atónitos al avance de una nueva fase de la guerra imperialista en el frente de Asia Occidental, mientras el Reino de España permanece atado de pies y manos a una doble tutela: la de Estados Unidos y la de la Unión Europea. No exageramos al afirmar que este país ni es soberano ni goza de una economía sólida. Su dependencia estructural de Washington y Bruselas lo ha convertido en un territorio intervenido, ocupado militarmente por bases estadounidenses y dirigido económicamente por una burocracia neoliberal y corrupta asentada en Bruselas, que dicta directivas y reglamentos con políticas en beneficio de las oligarquías y plutocracias europeas. En España, élites rentistas, torpes, incapaces de innovar y profundamente reaccionarias, han sumido al país en una crisis permanente que ahora se agrava con el conflicto internacional.
Mientras el mundo se prepara para una confrontación multipolar, España se alinea sumisamente con la OTAN, lo que nos enfrenta al sur global y a Rusia, y nos posiciona de forma pésima ante la gran potencia científico-técnica y económica que es China. No hay cálculo geopolítico propio, no hay defensa de los intereses populares: solo una burguesía vendida que impone una ideología cada vez más conservadora por un lado y liberal-especulativa por otro. Esa misma burguesía desprecia al pueblo, pero frente a ella no hay una izquierda digna de ese nombre, sino una autodenominada izquierda que también desprecia a las clases trabajadoras y, de forma especial, a las mujeres. El resultado es un bloqueo político total.
En el plano económico, la dependencia exterior se traduce en subidas descontroladas de los precios del combustible, de toda la cadena alimentaria y productiva, y en una especulación feroz sobre la vivienda, la alimentación y la hostelería. El turismo, lejos de ser una bendición, se ha convertido en una agresión contra el derecho a la vivienda: las multinacionales turísticas y los ricos extranjeros usurpan nuestro suelo, nuestro espacio y nuestras ciudades, mientras los ayuntamientos y comunidades autónomas no solo colaboran en este desaguisado, sino que se burlan de sus habitantes y les faltan el respeto. El alza de precios hosteleros a todos los niveles nos ha sumido en una economía de temporada que, como acertadamente señala el profesor Piqueras, genera una clase trabajadora desechable. Gente que trabaja ocho o seis meses y pasa los otros seis en la precariedad, sin derechos, sin futuro. Lo grave es que el reino de España depende del turismo y un país de nuestro tamaño no se sostiene en el tiempo con esa actividad que encima tiene un futuro muy dudoso.
Y todo esto ocurre en un reino que mantiene, para vergüenza nuestra, un territorio colonia, Gibraltar, en manos de una potencia decadente y arruinada como es Gran Bretaña. No hay soberanía territorial, no hay dignidad nacional. El Estado español odia a sus propios agricultores, persigue a sus pescadores, cierra industrias, celebra el cierre de minas, permite que se maltrate a sus maestras y maestros, y paga mal a su personal sanitario y médico. Las instituciones, lejos de proteger a la ciudadanía, se han convertido en cómplices de un modelo que vende el país por piezas a fondos buitre y grandes capitales extranjeros.
La crisis de precios no es un accidente, sino una consecuencia directa de la falta de soberanía energética y alimentaria. Al no tener control sobre nuestras propias fuentes de energía, dependemos de mercados volátiles y de las decisiones geopolíticas de Washington. Al no proteger nuestra producción agraria y pesquera, nos vemos sometidos a las leyes de la especulación internacional. Y en medio de esta tormenta, el Gobierno y las comunidades autónomas no solo no frenan la especulación, sino que la fomentan con políticas que premian al gran capital y castigan a las mayorías sociales.
La vivienda es el ejemplo más sangrante. Mientras los jóvenes y las familias no pueden acceder a un techo digno, los ayuntamientos miran hacia otro lado o directamente facilitan la construcción de apartamentos turísticos y viviendas de lujo para extranjeros. Las ciudades se vacían de vecinos y se llenan de alquileres temporales y precios imposibles. La hostelería, por su parte, ha pasado de ser un sector de pequeña economía popular a un espacio de especulación donde un café cuesta lo que antes costaba un menú. Todo ello alimenta una economía de temporada que destruye el tejido productivo estable y convierte el trabajo en un privilegio estacional, precario y mal pagado.
En este contexto, la clase trabajadora se ha vuelto desechable: se le llama cuando hay demanda turística o campañas agrícolas, y se le abandona cuando baja la temporada. No hay formación, no hay reconversión, no hay planes industriales. Solo la ley de la oferta y la demanda, que en este reino significa ley del más fuerte contra el más débil.
En los barrios reina la desconfianza y la desesperanza y en muchos también la citada ley del más fuerte. Una enseñanza muy deficiente y una falta de valores y de ética del trabajo, fomentada por confundir el woke, la caridad con el reparto y la solidaridad con la destrucción cultural de la clase, crea el caldo de cultivo para que las obreras y obreros voten a las derechas y extremas derechas fascistizantes. Los “progresistas” que mandan o las woke que aspiran ha hacerlo, no viven en los barrios, ni van a los pocos bares populares que quedan, ni mucho menos escuchan las conversaciones en las oficinas del `paro llamadas de “empleo”.
Y mientras tanto, la alianza de burgueses y pijos impone a la extrema derecha como alternativa, al tiempo que que la “izquierda” del régimen monárquico la fortalece haciendo de todo menos solucionar los problemas graves que sufrimos. No hay políticas efectivas contra los crímenes machistas –se premia a los maltratadores y violadores con reducciones de penas y no se protege adecuadamente a las amenazadas-, no hay empleo digno, no hay apuesta por el sector productivo. El Reino de España está prostituido, vendido, y carece de la fuerza política parlamentaria capaz de enfrentar esta realidad. Ni VOX es patriota —pues el patriotismo no se defiende con sumisión a la OTAN y al sionismo y sus guerras—, ni el PSOE y sus socios y aliados son socialistas —pues el socialismo no consiste en gestionar la decadencia con sonrisas y pactos de despacho— sino en tomar medidas de igualdad y reparto. Se confunde el escudo social con paguillas a cambio de nada y se le hurta a sectores muy desfavorecidos de la clase trabajadora, la dignidad del trabajo, cambiada por la limosna. Se trata de borrar la reivindicación y la lucha de clases liberadora.
Pero la verdad es que el capitalismo sufre una gravísima crisis existencial, y aquí no nos hemos enterado. Mientras otras naciones del sur global comienzan a plantear alternativas soberanas, nosotros seguimos atrapados en el relato de la modernización por sumisión. Las palabras ya no bastan. Necesitamos acciones, organización popular, autoconfianza. El problema no es solo la gravedad de la crisis, sino nuestra desconfianza en nosotras y nosotros mismos para cambiar la deriva. Si no enfrentamos esta situación, lo vamos a pasar mal, muy mal. Porque un reino sin soberanía, con una economía de temporada y una clase trabajadora desechable, no es un país: es un territorio en manos ajenas. Y ha llegado el momento de recuperarlo y para ello organizarnos.