La misión a la luna de la nave Artemis II recupera el programa espacial de los Estados Unidos con tripulantes a bordo después de superar las enormes desgracias sufridas hace más de 50 años.
No se trata únicamente de intenciones científicas, de investigación, de buscar nuevos horizontes para el ser humano con instalaciones lunares pensando, además, en el gran objetivo que es Marte. Estamos hablando de poder, de territorio, de recursos, de control de un espacio del que dependen actualmente las comunicaciones, los sistemas de ataque y defensa, el transporte y buena parte del desarrollo y la vida diaria en la tierra. No es exagerado advertir que quien controle la Luna, controlará el mundo en los próximos 100 años.
La conquista del espacio lunar representa una posición estratégica. Nuestro satélite que tanto admiramos desde la tierra, que nos atrapa cuando vemos su rilar en el mar o cuando su brillo en luna llena nos deslumbra, ofrece una serie de recursos clave como el helio-3 y las tierras raras en estos momentos de necesidad de nuevas fuentes de energía.
China viene trabajando desde hace años con prudencia y discreción, pero con la ambición clara de lograr una instalación permanente para disponer de una ventaja geopolítica, geoestratégica y geoeconómico a la hora de establecer las reglas para el nuevo siglo.
En 1967 se adoptó el Tratado del Espacio Exterior que prohíbe la soberanía formal sobre cuerpos celestes, pero no contempla disposiciones sobre verificación, explotación de recursos, instalación de bases permanente de uso civil-militar y lo que supondría el control de zonas de alto valor estratégico. Con la mirada puesta en el presente y el más inmediato futuro, la rentabilidad económica no es lo más relevante, su valor clave es la capacidad geoestratégica que ofrece, por ejemplo, como plataforma para la intercepción de misiles balísticos que se demuestran como una seria amenaza a la superioridad armamentística de Estados Unidos. Una defensa global efectiva que tendría una red de satélites en unas órbitas mucho menos vulnerables que las actuales para garantizar la defensa y seguridad, las comunicaciones o la navegación. Estados Unidos lidera los acuerdos Artemis que representan una iniciativa que podríamos considerar con una OTAN del espacio.
Más de 40 países, entre ellos España, los han firmado con el objetivo de lograr una arquitectura multilateral de valores e intereses comunes que fije las normas para el espacio cislunar, entre la Tierra y la Luna. Este instrumento tiene su valor diplomático, pero precisa de mecanismos de cumplimiento y verificación que permitan su evolución como reglas vinculantes. El apoyo decidido y protagonista de Europa con visión estratégica a largo plazo en el espacio resulta necesario para consolidar su aportación con inteligencia, tecnología y financiación.