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Una lamentable política exterior

Una lamentable política exterior

martes 19 de febrero de 2008, 11:10h
Actualizado: 09 de marzo de 2008, 14:44h
La conducción de las relaciones externas de un país debe respetar pautas coherentes que combinan principios y conveniencia. La ponderación de estos dos ingredientes es un arbitrio de cada gobierno. La historia y la realidad del mundo ponen en claro que no se puede llevar adelante una política de relaciones internacionales basada exclusivamente en principios, pero tampoco es aceptable hacerlo sólo sobre las conveniencias. Uno u otro camino en esos extremos, pueden llevar al conflicto en un caso o al desprestigio en el otro. La sabiduría consiste en encontrar el equilibrio. Pero hay otra condición para no caerse del mundo actual: los principios deben ser los usualmente vigentes en la comunidad de las naciones que respetan la libertad, la democracia y la dignidad de la persona.

La política de relaciones externas del kirchnerato no ha respetado ni respeta estas reglas. Las consecuencias se están pagando con desprestigio internacional, con aislamiento y falta de inversiones.

La primera salida al exterior del ex presidente Néstor Kirchner fue a una reunión de países progresistas convocada por Blair, que se continuó con una visita a Francia y España. En ese viaje puso todo el empeño en mostrarse, para el consumo interno, como un principista. Estaba fresca su declaración que no dejaría sus principios en la puerta de la Casa Rosada. No tardó en enfrentarse con las preguntas de bonistas y acreedores del gobierno argentino que simplemente querían saber si algún día recuperarían su dinero, o a inversores cuyos contratos habían sido incumplidos. La respuesta no atendió a las conveniencias del país ni a sanos principios, aunque seguramente el entonces presidente supuso que su desplante era heroico y que respondía a ambos objetivos. Les dijo duramente que ellos tenían la culpa de perder su dinero por haber confiado en un gobierno que no lo merecía. Nunca se le ocurrió pensar en que estaba fuera de su país y que él era el continuador institucional de aquel gobierno. Probablemente también el matrimonio Kirchner sigue creyendo que las normas que rigen las relaciones financieras internacionales forman parte de una gran conspiración y que nada tienen que ver con la relación amistosa entre gobiernos.

Lo que hemos visto en estos últimos casi cinco años ha sido una política externa orientada principalmente por una ideología de principios errados, adobada por la compadrada y la falta de respeto por las reglas usuales de la diplomacia y hasta del protocolo. En muchos casos se sujetó el cumplimiento de acuerdos externos a una mera conveniencia populista interna. La Cumbre y Contracumbre de Mar del Plata expusieron con toda claridad esta política, cuya línea más destacada ha sido la construcción de un puente con Hugo Chávez, consolidado con recurrentes declaraciones de amor y amistad hacia él, así como hacia Evo Morales y Jorge Correa, al igual que un respeto casi religioso hacia Fidel Castro. Lo demás ha sido errático, amateur y deslucido. Es así como hemos tenido que enfrentar conflictos que han deteriorado la relación con Brasil, Chile, Uruguay, México, España y otros países tradicionalmente amigos.

Este modus operandi no nos podía llevar a otro resultado que un deterioro de la relación con los Estados Unidos. Se agregó el episodio de la valija, que pudo haber quedado como una cuestión de corrupción, pero derivó en un conflicto político cuando la Presidente, y luego un Congreso de mayorías obsecuentes, acusó al gobierno norteamericano de manipular su justicia para montar una “operación basura”. Sobre llovido mojado.

Dos hechos de estos días exponen la falta de profesionalidad que señalamos. Uno es la insistencia en la designación de un embajador ante el Vaticano, que incumple una norma conocida para poder ser aceptado. Nuevamente la torpeza del gobierno viene a complicar relaciones que ya se mostraban tensas por hechos previos originados en desplantes de contenido ideológico. El otro fue la invitación al presidente de Guinea Ecuatorial, para enterarse, cuando ya estaba aterrizando, que en ese país hay dictadura, se violan los derechos humanos y hay corrupción. Si bien estas violaciones no han de ser mayores que las de Cuba, ni la corrupción diferente a la de Venezuela, por no decir a la propia, la salida fue la descortesía y el reto, como no hubieran aconsejado las reglas de una diplomacia realista, ni tampoco como nunca se hubiera hecho, por cierto, con Castro y Chávez. Todo el episodio una torpeza.

La Presidente lleva sólo dos meses y de ella se esperaba un cambio favorable en las formas y contenidos de las relaciones exteriores. ¿Habrá ya que descartar esta expectativa?

Manuel A. Solanet
Presidente de la Fundación Futuro Argentino
La conducción de las relaciones externas de un país debe respetar pautas coherentes que combinan principios y conveniencia. La ponderación de estos dos ingredientes es un arbitrio de cada gobierno. La historia y la realidad del mundo ponen en claro que no se puede llevar adelante una política de relaciones internacionales basada exclusivamente en principios, pero tampoco es aceptable hacerlo sólo sobre las conveniencias. Uno u otro camino en esos extremos, pueden llevar al conflicto en un caso o al desprestigio en el otro. La sabiduría consiste en encontrar el equilibrio. Pero hay otra condición para no caerse del mundo actual: los principios deben ser los usualmente vigentes en la comunidad de las naciones que respetan la libertad, la democracia y la dignidad de la persona.

La política de relaciones externas del kirchnerato no ha respetado ni respeta estas reglas. Las consecuencias se están pagando con desprestigio internacional, con aislamiento y falta de inversiones.

La primera salida al exterior del ex presidente Néstor Kirchner fue a una reunión de países progresistas convocada por Blair, que se continuó con una visita a Francia y España. En ese viaje puso todo el empeño en mostrarse, para el consumo interno, como un principista. Estaba fresca su declaración que no dejaría sus principios en la puerta de la Casa Rosada. No tardó en enfrentarse con las preguntas de bonistas y acreedores del gobierno argentino que simplemente querían saber si algún día recuperarían su dinero, o a inversores cuyos contratos habían sido incumplidos. La respuesta no atendió a las conveniencias del país ni a sanos principios, aunque seguramente el entonces presidente supuso que su desplante era heroico y que respondía a ambos objetivos. Les dijo duramente que ellos tenían la culpa de perder su dinero por haber confiado en un gobierno que no lo merecía. Nunca se le ocurrió pensar en que estaba fuera de su país y que él era el continuador institucional de aquel gobierno. Probablemente también el matrimonio Kirchner sigue creyendo que las normas que rigen las relaciones financieras internacionales forman parte de una gran conspiración y que nada tienen que ver con la relación amistosa entre gobiernos.

Lo que hemos visto en estos últimos casi cinco años ha sido una política externa orientada principalmente por una ideología de principios errados, adobada por la compadrada y la falta de respeto por las reglas usuales de la diplomacia y hasta del protocolo. En muchos casos se sujetó el cumplimiento de acuerdos externos a una mera conveniencia populista interna. La Cumbre y Contracumbre de Mar del Plata expusieron con toda claridad esta política, cuya línea más destacada ha sido la construcción de un puente con Hugo Chávez, consolidado con recurrentes declaraciones de amor y amistad hacia él, así como hacia Evo Morales y Jorge Correa, al igual que un respeto casi religioso hacia Fidel Castro. Lo demás ha sido errático, amateur y deslucido. Es así como hemos tenido que enfrentar conflictos que han deteriorado la relación con Brasil, Chile, Uruguay, México, España y otros países tradicionalmente amigos.

Este modus operandi no nos podía llevar a otro resultado que un deterioro de la relación con los Estados Unidos. Se agregó el episodio de la valija, que pudo haber quedado como una cuestión de corrupción, pero derivó en un conflicto político cuando la Presidente, y luego un Congreso de mayorías obsecuentes, acusó al gobierno norteamericano de manipular su justicia para montar una “operación basura”. Sobre llovido mojado.

Dos hechos de estos días exponen la falta de profesionalidad que señalamos. Uno es la insistencia en la designación de un embajador ante el Vaticano, que incumple una norma conocida para poder ser aceptado. Nuevamente la torpeza del gobierno viene a complicar relaciones que ya se mostraban tensas por hechos previos originados en desplantes de contenido ideológico. El otro fue la invitación al presidente de Guinea Ecuatorial, para enterarse, cuando ya estaba aterrizando, que en ese país hay dictadura, se violan los derechos humanos y hay corrupción. Si bien estas violaciones no han de ser mayores que las de Cuba, ni la corrupción diferente a la de Venezuela, por no decir a la propia, la salida fue la descortesía y el reto, como no hubieran aconsejado las reglas de una diplomacia realista, ni tampoco como nunca se hubiera hecho, por cierto, con Castro y Chávez. Todo el episodio una torpeza.

La Presidente lleva sólo dos meses y de ella se esperaba un cambio favorable en las formas y contenidos de las relaciones exteriores. ¿Habrá ya que descartar esta expectativa?

Manuel A. Solanet
Presidente de la Fundación Futuro Argentino
La conducción de las relaciones externas de un país debe respetar pautas coherentes que combinan principios y conveniencia. La ponderación de estos dos ingredientes es un arbitrio de cada gobierno. La historia y la realidad del mundo ponen en claro que no se puede llevar adelante una política de relaciones internacionales basada exclusivamente en principios, pero tampoco es aceptable hacerlo sólo sobre las conveniencias. Uno u otro camino en esos extremos, pueden llevar al conflicto en un caso o al desprestigio en el otro. La sabiduría consiste en encontrar el equilibrio. Pero hay otra condición para no caerse del mundo actual: los principios deben ser los usualmente vigentes en la comunidad de las naciones que respetan la libertad, la democracia y la dignidad de la persona.

La política de relaciones externas del kirchnerato no ha respetado ni respeta estas reglas. Las consecuencias se están pagando con desprestigio internacional, con aislamiento y falta de inversiones.

La primera salida al exterior del ex presidente Néstor Kirchner fue a una reunión de países progresistas convocada por Blair, que se continuó con una visita a Francia y España. En ese viaje puso todo el empeño en mostrarse, para el consumo interno, como un principista. Estaba fresca su declaración que no dejaría sus principios en la puerta de la Casa Rosada. No tardó en enfrentarse con las preguntas de bonistas y acreedores del gobierno argentino que simplemente querían saber si algún día recuperarían su dinero, o a inversores cuyos contratos habían sido incumplidos. La respuesta no atendió a las conveniencias del país ni a sanos principios, aunque seguramente el entonces presidente supuso que su desplante era heroico y que respondía a ambos objetivos. Les dijo duramente que ellos tenían la culpa de perder su dinero por haber confiado en un gobierno que no lo merecía. Nunca se le ocurrió pensar en que estaba fuera de su país y que él era el continuador institucional de aquel gobierno. Probablemente también el matrimonio Kirchner sigue creyendo que las normas que rigen las relaciones financieras internacionales forman parte de una gran conspiración y que nada tienen que ver con la relación amistosa entre gobiernos.

Lo que hemos visto en estos últimos casi cinco años ha sido una política externa orientada principalmente por una ideología de principios errados, adobada por la compadrada y la falta de respeto por las reglas usuales de la diplomacia y hasta del protocolo. En muchos casos se sujetó el cumplimiento de acuerdos externos a una mera conveniencia populista interna. La Cumbre y Contracumbre de Mar del Plata expusieron con toda claridad esta política, cuya línea más destacada ha sido la construcción de un puente con Hugo Chávez, consolidado con recurrentes declaraciones de amor y amistad hacia él, así como hacia Evo Morales y Jorge Correa, al igual que un respeto casi religioso hacia Fidel Castro. Lo demás ha sido errático, amateur y deslucido. Es así como hemos tenido que enfrentar conflictos que han deteriorado la relación con Brasil, Chile, Uruguay, México, España y otros países tradicionalmente amigos.

Este modus operandi no nos podía llevar a otro resultado que un deterioro de la relación con los Estados Unidos. Se agregó el episodio de la valija, que pudo haber quedado como una cuestión de corrupción, pero derivó en un conflicto político cuando la Presidente, y luego un Congreso de mayorías obsecuentes, acusó al gobierno norteamericano de manipular su justicia para montar una “operación basura”. Sobre llovido mojado.

Dos hechos de estos días exponen la falta de profesionalidad que señalamos. Uno es la insistencia en la designación de un embajador ante el Vaticano, que incumple una norma conocida para poder ser aceptado. Nuevamente la torpeza del gobierno viene a complicar relaciones que ya se mostraban tensas por hechos previos originados en desplantes de contenido ideológico. El otro fue la invitación al presidente de Guinea Ecuatorial, para enterarse, cuando ya estaba aterrizando, que en ese país hay dictadura, se violan los derechos humanos y hay corrupción. Si bien estas violaciones no han de ser mayores que las de Cuba, ni la corrupción diferente a la de Venezuela, por no decir a la propia, la salida fue la descortesía y el reto, como no hubieran aconsejado las reglas de una diplomacia realista, ni tampoco como nunca se hubiera hecho, por cierto, con Castro y Chávez. Todo el episodio una torpeza.

La Presidente lleva sólo dos meses y de ella se esperaba un cambio favorable en las formas y contenidos de las relaciones exteriores. ¿Habrá ya que descartar esta expectativa?

Manuel A. Solanet
Presidente de la Fundación Futuro Argentino
www.futuroargentino.com.ar
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