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Costumbres españolas

Costumbres españolas

martes 19 de febrero de 2008, 13:57h
Actualizado: 26 de marzo de 2009, 15:20h

En estas tierras, el candidato de la derecha (derecha de verdad, como usted pronto comprobará) ha estremecido el mundo de los latinoamericanos y los africanos que han venido a vivir en España que los embajadores de este reino nos recuerdan cada 12 de octubre que es ´la madre patria´.

Mariano Rajoy, que así se llama el equivalente a nuestro Tutito Quiroga, ha propuesto que cada inmigrante deba firmar un contrato con el Estado en el que especifica que se compromete a adecuarse a las costumbres españolas.

Bueno, la primera pregunta es: ¿Cuáles son esas costumbres? ¿Deberá el recién llegado aprender a bailar flamenco? ¿Deberá demostrar gusto por el vino, por los toros, por la siesta, por las aceitunas? ¿Deberá su señora subirse al tablao y él transformarse en un cantaor? ¿Deberá decir a cada rato ´vale, grazias´ (pronunciando la zeta aunque la palabra se escriba con ce), ´hostias tío´, ´es la leche´ o ´de puta madre´ (esto último merece una explicación, pues no tiene nada que ver con la madre de nadie, sino que quiere decir que va muy bien)?

Rajoy demuestra que la derecha sabe poco de historia y menos aún de estética (de ética, mejor ni hablar). Gracias a la gentileza de mis amigos españoles he recorrido la maravillosa mezquita de Córdoba y he pedido a los cielos tener ojos más grandes para poder ver mejor la Catedral de Sevilla. He visitado el barrio de la judería y me he extasiado frente al museo judío que hay en Córdoba y que lo dirige el sabio Sebastián de la Obra. He visitado Cataluña y me he quedado dos horas tan sólo viendo La Sagrada Familia de Gaudi y he visitado los sitios donde los romanos dejaron su marca.

Por aquí pasaron los romanos, los fenicios, los anglosajones, los franceses, los sefardíes, los moros, los castellanos, la familia vasca a la que le debo mi apellido y un largo etcétera.

Y el resumen es que España es esta maravilla porque pudo conjugar todo, porque hay diferencia y lo distinto vale, porque a pesar de la intolerancia de la Inquisición (esos amigos de Ratzinger) hubo quien en un acto de lucidez absoluto no destruyó la mezquita mora, sino que sobre la base de lo construido le aumentó la estética católica.

Si no hay pierde; lo que hay que pedir es que los migrantes se integren a la sociedad aportando sus propias costumbres. A mí me suena maravilloso, por ejemplo, que se baile en estas calles caporales y diablada. Que baile el que quiera y que mire el que quiera, pero ninguna cultura debe creerse capaz de imponerse a la otra negándola. Lo que por otra parte es una estupidez, porque en América se llegó a prohibir hablar en quechua o aymara y ya ve usted el resultado: en la Bolivia múltiple y vital de hoy se habla en idiomas indígenas en el centro mismo del poder.

Pero además, España es un conjunto de culturas donde es difícil definir lo que realmente es español. La cultura del Levante está en cada piedra del sur y los vascos tienen lo suyo para no hablar de los catalanes.

Pero ya que estuve en España, mi hermana del alma, Lola, me pidió qué quería conocer en Madrid como inicio de un largo y hermoso periplo, y le pedí que antes que nada me llevara a Ciudad Universitaria, ahí donde los leales, los demócratas, los utopistas, construyeron las trincheras que evitaron por meses y meses la entrada de las fuerzas del fascismo.

Fui hasta ahí para recordar esa hermosa costumbre española (aunque no es patrimonio sólo de ellos) que se resume en dos palabras ¡No pasarán!

*Jaime Iturri Salmón
es periodista.

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