Desde Izquierda Unida hemos estado siempre muy pendientes de la realidad política y económica, pero también de todas las circunstancias que rodean a sus protagonistas. Es un hecho la existencia de lo que se ha dado en denominar como ‘síndrome de La Moncloa’. Que se lo pregunten si no al Felipe González de sus tres últimos años de mandato (1993-1996) o al José María Aznar en su segunda legislatura de mayoría absoluta, la de la Guerra de Irak y la foto de las Azores..png)
Pues bien, si por síntomas de este ‘síndrome’ político entendemos el alejamiento de la realidad, los fallos en los reflejos políticos y la pérdida de confianza y de liderazgo parlamentario nos encontramos con que el presidente Rodríguez Zapatero empezó a mostrar estas preocupantes secuelas tan sólo tres meses después de su indiscutible triunfo electoral del 9-M.
Centrándonos en la grave situación económica por la que atravesamos, el líder socialista ha perdido un tiempo precioso negando durante meses la realidad de la crisis y buscando desesperadamente sinónimos en el diccionario, en lugar de repasar la buena tradición progresista para encontrar respuestas contundentes al incremento del paro, a la desbocada inflación, al pinchazo inmobiliario e industrial y al brusco recorte en el crecimiento del PIB.
El Gobierno socialista se ha colocado ya a remolque de los acontecimientos. Está por ver si podrá darle la vuelta a la tortilla. Los indicadores no pueden ser más negativos. El incremento de más de 200.000 nuevos parados en el último trimestre, el segundo recorte de las triunfalistas previsiones de crecimiento para este año y, lo que es aún más preocupante, para el próximo, junto al insoportable déficit exterior, no dejan lugar a dudas. Si todos están de acuerdo que para crear empleo hay que crecer por encima del 2,5%, una previsión de crecimiento del 1% para 2009 ya se sabe qué va a suponer.
La existencia de la crisis no ha sido nunca un ‘tema opinable’ como pretendió hacer creer el presidente del Gobierno. Tampoco la crisis viene de fuera y nosotros sólo tenemos ‘algunos problemas’ como se ha querido hacer creer hasta hace bien poco. Los ciudadanos la sufren y no pueden entender que el ‘síndrome de La Moncloa’, además de negar la realidad, incluya, la insensibilidad con los más desfavorecidos.
Nos encontramos con 550.000 parados más que hace un año, con una inflación que se ha convertido en un impuesto regresivo para la inmensa mayoría y con una hipoteca media que ha aumentado en 900 euros al año. Y todo esto con 11 millones de ‘mileuristas’ y de precarios, es decir, con un tejido social y laboral frágil. Los trabajadores, que no fueron los grandes beneficiarios del crecimiento durante más de un lustro, están pagando ya la crisis. El Gobierno no ha sido fiable en sus previsiones. No han dado prácticamente ni una.
Ha quedado demostrado que nuestra economía tenía los pies de barro y no aprovechamos suficientemente el largo periodo de crecimiento para el cambio y para la justicia social. No se hicieron los deberes. Se lo dijimos al Gobierno y al conjunto de la sociedad antes y después de las elecciones del 9-M. El Ejecutivo socialista miró para otro lado y buena parte de la ciudadanía no quiere saber nada de malas noticias hasta que las tiene encima. Hagan, por favor, un ejercicio de memoria y traten de recordar si en los dos superpublicitados ‘debates a dos’ televisados durante la campaña electoral se tocaron en profundidad estas cuestiones. La respuestas es ‘no’.
Ha caducado el modelo económico precario, desequilibrado, especulativo, injusto e insostenible. Ha caducado la economía apoyada en la especulación urbanística, en una distribución de la renta de las más injustas de la Unión Europea, con bajos salarios y altísimos beneficios y una intensidad energética insostenible en el marco de la UE. La economía española está enferma por el contagio sufrido por el exterior, pero también por su propia debilidad.
La enfermedad no se cura con analgésicos sino que necesita cambios. El Partido Popular se inclina por un ajuste duro, con reducción del gasto público y austeridad para los de siempre. El PSOE lo hace por el ajuste con retórica social. Nosotros, desde IU, apostamos por combinar la protección social y el cambio de modelo.
La ceguera de su Gobierno no ha sido inocente. Ignorar la crisis no significa no padecerla. Como consecuencia de esta ceguera e insensibilidad las pocas medidas aprobadas resultan continuistas y, algunas de ellas, escasamente sociales y sin acuerdo en el marco de la concertación social. No se puede coger votos de la izquierda para tomar medidas con la derecha, aunque sea con retórica socializante. Y no se puede culpabilizar a los inmigrantes apoyando directivas de retorno. No es ético, no es inteligente, no es socialdemócrata. Las rebajas de impuestos no son de izquierdas, son injustas y reducen el margen público frente a la crisis. El recorte del empleo público añade desempleo al desempleo privado. La imposición de una tarifa eléctrica regresiva es también antisocial, y la privatización de AENA o de Renfe no es socialdemócrata, es vender de nuevo las joyas de la corona de forma tan oscurantista como hizo en su momento el Partido Popular.
El Gobierno, el Parlamento y los agentes sociales debemos pedir a los ciudadanos un esfuerzo compartido para salir de la crisis. Pero para tener credibilidad debemos hacerlo pidiendo más sacrificio a los más beneficiados del crecimiento y protegiendo a los más vulnerables, y este esfuerzo requiere la concertación y el diálogo social. Ya no bastan las medidas paliativas de corto alcance porque, si no se abordan los problemas de fondo, si no se cambia nuestro actual modelo de desarrollo y de distribución, volveremos otra vez a la crisis.
Los tiempos de crisis han de ser también tiempos de solidaridad, de justicia social y tiempos de cambio. Desde Izquierda Unida reclamamos al Gobierno socialista que explique cómo va a combatir el 20 por ciento de pobreza; cómo va a ejecutar el Plan de Modernización en políticas activas de empleo comprometido y no cumplido; cómo va a defender el poder adquisitivo de los salarios. Le proponemos medidas de reactivación de la economía productiva y de cambio de modelo de desarrollo, de infraestructuras sostenibles frente al actual PEIT, de vivienda pública de alquiler y de rehabilitación. Proponemos también medidas de lucha contra el fraude y la elusión fiscal para mejorar la progresividad de los impuestos, junto a medidas ejemplares como la creación de un impuesto de beneficios en la banca o en el sector del petróleo. Esto último no significa radicalidad ni extremismo. Medidas similares en este sentido han salido también de alguien tan poco sospechoso de ser de izquierdas como el presidente francés Sarkozy.
El ajuste del mercado puede servir para cambiar de modelo o para profundizar en los aspectos más regresivos de nuestro modelo de desarrollo precario e insostenible. Si se asume la gravedad de la crisis y se apuesta por el cambio social y el cambio de modelo, coincidiremos con el Gobierno. Si continúa tomando medidas continuistas y sin responsabilidad social, medidas en algunos casos antisociales, anunciamos oposición constructiva y movilización social, modesta pero decidida.