Hace unas pocas horas que el presidente del Gobierno retornó de París, de la conferencia que había reunido, a instancias del presidente Nicolas Sarkozy, aunque muy tarde, a los quince mandatarios nacionales de la zona euro. Se ha obtenido el menos malo de los acuerdos posibles, aunque sea un hueso duro de roer por la inteligencia humana: abrir el caudaloso grifo de los dineros públicos para apuntalar a los bancos y sin que sus gestores se hagan responsables del desaguisado. Y lo que menos puede decirse es que sea un caprichito o la pesadilla de una noche de otoño. La Unión Europea ha reaccionado tarde ante la crisis que hace tambalearse al actual sistema económico mundial. Ahora se trata de llevar adelante el acuerdo y que cada país lo adapte a sus propias necesidades presentes, por otra parte, nada halagüeñas.
Dentro de España hay que ser sensatos. El presidente del Gobierno y el líder de la oposición hace más de una quincena que se tendrían que haber entrevistado. No una sola vez, sino todas las que fueran preciso. Rodríguez Zapatero y Rajoy tienen que hablar. Les guste o no. Porque es la deuda que ambos tienen con sus electores respectivos.
De acuerdo, mutuamente no se caen bien. ¿Y qué? La crisis nos afecta a todos y el dialogar, el intercambio de puntos de vista, no exige, por ninguna de ambas partes, trágalas previas, ni condiciones ni exigencias de ningún tipo. Sentarse a hablar es eso: hablar. Y si se hace, además y por el bien de todo, aparcando prejuicios previos (pataditas por debajo de la mesa como en una guardería infantil) mucho mejor para todos. La crisis es una cuestión de Estado. Una cuestión de Estado que, por descontado (en las filas del PP, los asesores de Rajoy deberían saberlo y obrar en consecuencia) y por mandato de las urnas debe gestionar este Gobierno, el de Rodríguez Zapatero.
Aquí, con la que está cayendo, al columnista, desde el fondo de los calcetines, le brota un grito “¡¡¡Señores Zapatero y Rajoy, háganse mayores!!!”. Que se hagan mayores y que hablen ya…