Los italianos son divertidos y tragicómicos, pero en cualquier caso son imprescindibles. Tienen arte, no sólo en sus monumentos que convierten a toda Italia en un museo, sino también en sus gentes que utilizan todo el cuerpo para comunicarse tanto en la guerra como en el amor, y aclaro que cuando hablo de la guerra hablo de discusiones apasionadas y cuando hablo del amor me refiero al sexo.
El histrionismo italiano es una marca registrada que si cotizase en bolsa competiría con Ferrari o con Armani.
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Leo, en estos días de aburrimiento informativo en los que sólo se habla del monotema de la crisis económica, que afecta a todos menos a los grandes golfos del mundo financiero, que un italiano muere en casa de su amante, y su esposa monta en cólera al llegar.
¿Quién - excepto la gente de bien como yo - no ha imaginado alguna vez una situación como ésta?
El hecho ha ocurrido en la localidad italiana de Pádova, donde un infarto del “
suo cardio” terminó con la vida de un hombre de solo 52 años cuyo nombre protege la prensa italiana ahora que a él le da lo mismo. La santa del infiel - consta que era católico- avisada por la policía se presentó en el lugar de lo que su difunto marido no consideraba un delito, montó un verdadero pollo y le echó una enorme bronca, seguida de arañazos, a “
la otra”, sin reparar que el muerto, de cuerpo presente, merecía un respeto.
Lo de los cuernos - verdadera pandemia - es algo que en algunos sitios se lleva mejor que en otros, pero ningún buen italiano o italiana se puede permitir convertir en comedia lo que para ellos es una tragedia, por más que sean especialmente aficionados al tema que nos ocupa.