Que la calificadora JP Morgan diga que el riesgo país de Ecuador es el peor de América Latina, y que alcanza los 2.819 puntos, no parece importar mucho a las autoridades económicas ecuatorianas. Basta recordar que hace un tiempo el propio presidente Rafael Correa minimizó su importancia. Desde luego, cuando lo hizo estaba en una de sus campañas electorales y no vivíamos la tremenda crisis financiera mundial de hoy.
Este índice, que mide la solvencia de la deuda soberana, apenas una semana atrás registraba 1.688 puntos, cuando a principios de septiembre era apenas de 806 puntos. Basados en el reporte del propio Banco Central, y según publican algunos medios de prensa, la cifra supera de largo a la de Argentina, que se colocó en 1.827 y es el segundo peor de la región.
Hay quienes dicen que el elemento disparador del riesgo país ha sido, precisamente, la puesta en vigor de la Constitución de Montecristi.
Otros aseguran que es la dispendiosa política fiscal del gobierno correista y su controvertido (por no decir errático) manejo de la economía, así como la crisis mundial de la que es imposible sustraerse, por más que se asegure lo contrario.
El presidente Correa no ha desaprovechado tribuna alguna para descalificar en los peores términos a quienes han dado opiniones diferentes a las suyas en materia económica. Si la Patria es de todos, a todos hay que darles la oportunidad de opinar y de que sus opiniones sean tomadas en cuenta. Aunque quienes sustenten esas opiniones provengan de la “larga noche neoliberal” o hagan filas con los pelucones. Hay que madurar y ganar en sensatez.