
Menuda se ha armado, amadísimos, globalizados, megaletileonorisofiados y repsoleados niños y niñas que me leéis, con el anuncio de que Gazprom, la petrolera más petrolera de Todas las Rusias está dispuesta a comprarle a la españolísima Sacyr el paquete del 20% de las acciones de la no menos españolísima Repsol.
Desde ayer por la tarde, en el club no se hablaba de otra cosa. Todos mis amigos del sector energético andaban con los pelos como escarpias. Y quien dice mis amigos, pues eran el Gobierno de
ZetaPé, por boca de
Miguel Sebastián, el ministro de Industria, el que decía que no se sabía nadad de nada de esta operación. Hasta
Marianito Rajoy, el presidente del Partido Popular de las Españas, manifestaba su extrañeza, aunque como Sebastián reconocía que Repsol era un bocado superapetecible para cualquier inversor.
Bien, como dicen papá y su cuñado tío Manolo, el marido de tía Ágata, una cosa es que Rusia, tras la caída del Muro de Berlín y aquella cosa de la perestroika se haya convertido al capitalismo, y otra muy distinta es que los megacapitalistas rusos entren a saco Paco en un sector tan estratégico como es el de la bombona de butano y el gasóleo de calefacción, aparte de las gasolineras que festonan toda nuestra red viaria. Por aquí no pasamos. La independencia energética de nuestra bienamada Patria está en peligro. Y no sólo la independencia energética, sino la laboral. Lo que yo os diga, pequeñines/as míos…
¿A que nadie ha pensado en los repartidores domiciliarios de las bombonas del butano? Como que no, vamos… ¿Y qué será de esos pakistaníes, bengalíes, hispanoamericanos y hasta algún español que se encargan del reparto? Porque, de llevarse a cabo la venta del 20% de Repsol a los rusos, seguro que éstos exigirán que el 20% de los repartidores sean rusos, o kazajos o de esas repúblicas satélites del Asia central… Es más, incluso pueden exigir que, en las gasolineras de Repsol, esas de las áreas de servicio de las autopistas, no sólo haya un veinte por ciento de rusos, sino que, además de los ademases, en sus tiendas respectivas, junto a los tradicionales productos de la zona, tales que las frutitas de Aragón, los nicanores del Boñar, las galletas marías, y las chuches de multinacionales occidentales, se vendan arenques ahumados, packs de col fermentada, tetrabricks de sopa
Bosch (una cosa a base de remolacha y nata agria), latas de caviar malosol (el baratito, vamos), champagne de Crimea (ellos lo llaman así, y es un horror peor que el cava extremeño, que ya es decir) y vodka
light.
Porque, amadísimos/as de mi paterno corazón, si vienen –Dios no lo quiera y la Santísima Virgen de la Almudena no lo permita— los rusos tirando de millones de euros no sólo estarán en peligro nuestro mercado energético y la estabilidad laboral, sino que peligrará, y de qué manera, nuestra gastronomía.
Claro que, si en nombre del libre mercado hay que dar entrada a Gazprom en Repsol, al menos que se haga una operación de canje de acciones, no sólo con la gran compañía gasista rusa, sino con otros sectores estratégicos, como el del caviar (beluga, por supuesto)… Sólo entonces podríamos hablar de una operación paritaria. Hasta ese momento, la propuesta de los amigos de Vladimir Putin, entra dentro del campo paritorio. De parida mental, por supuesto.