martes 18 de noviembre de 2008, 17:51h
Actualizado: 19 de noviembre de 2008, 18:12h
TITO B. DIAGONAL
Barcelonés de alta cuna y más alto standing financiero, muy apreciado en anteriores etapas de este diario, vuelve a ilustrarnos sobre los entresijos de las clases pudientes.
Nada, amadísimos, globalizados, megaletileonorisofiados y lujuriosos niños y niñas que me leéis, que ya tenemos a la progresía rampante subiéndose por los estores made in Taiwan, que son los substitutos baratitos de las persianas venecianas. Esta vez el alarmismo progre viene dado por una guía para adolescentes editada por la Fundación Investigación y Educación en Sida, que se presenta como dependiente del servicio de enfermedades infecciosas del Hospital Carlos III de la Comunidad de Madrid.
El opúsculo, titulado “Adolescentes frente al sida: preguntas con respuestas”, defiende el “amor verdadero”, basado en castidad primero y la fidelidad después. En sus páginas se dice que “la homosexualidad se asocia con mayor frecuencia al contagio de enfermedades de transmisión sexual y trastornos mentales. Aunque hay que ser comprensivos e intentar ayudar a las personas con hábitos homosexuales, en lo posible hay que ayudarles a solucionar su alteración conductual”. La primera, en la frente y al frente. Eso para empezar. Porque luego, en tan sabio texto, también se condenan la masturbación --con o sin lavado previo de la(s) mano(s) pecadora(s)--, que la higiene no lo es todo, la promiscuidad o el aborto. Eso son evidencias científicas, pequeñines/as míos/as, y no la investigación con células-madre. Lo dicen sus autores, médicos del Carlos III. Y no somos nosotros los que lo vayamos a discutir.
Es más, os deberían sugerir a todos/as vosotros/as, serios motivos de reflexión. Que no todo ha de ser refocile carnal solos/as o en compañía de otros/as. La Ciencia acude en ayuda de la recta moral. Como debe ser. El preservativo, el invento del doctor Condom, por si sólo no consigue frenar el contagio del VIH (Virus de la Inmunodeficiencia Humana). Es una débil barrera contra la enfermedad, aunque suele ser mucho más eficaz a la hora de impedir embarazos, lo que no deja de ser algo antinatural, porque el fin último del coito entre hombre y mujer (ojito, y en plan ortodoxo, en la postura del misionero) es el de la procreación. Todo lo demás es lujuria desenfrenada.
He consultado el caso con Don Crisanto, el capellán de mamá, quien se muestra de acuerdo con los contenidos tan científicamente sesudos y tan moralmente ejemplares, que señalan, desde el consultorio médico la grandeza de la sexualidad humana rectamente entendida. O sea, que por mi parte, nihil obstat, nada que objetar.
Claro que no opinan lo mismo los doctores Borràs, Sarmiento y Balada, miembros de mi equipo médico habitual, muy partidarios de la extensión del uso del preservativo (en gallego, chubasqueiro do pito, como lo llama Paco Carballeira, el capitán de mi yate). Para mi desgracia, los tres son amigos del malvadísimo del Vilariño. No recomiendan la castidad, virtud que nos aproxima a los ángeles, (pensad sino en Santa María Maravillas de Jesús, tan de actualidad parlamentaria, que vivió virgen los 75 años de su ejemplar vida), aunque se declaran devotos de la higiene y de que cualquier precaución es poca. Y no sólo a la hora de la coyunda, no... Que mi equipo médico habitual hace hincapié en el cuidado de los consultorios de dentistas, o en la realización de transfusiones sanguíneas, o en las barberías y peluquerías.
Tal es el peso que estos sabios doctores tienen en los comportamientos de mi familia que tío Mauricio (primo hermano de mamá, residente en Paris) suele mandar a una previa y exhaustiva revisión médica a sus sobrinos temporales --¡ejem!— de belleza efébica y cuya apostura homoerótica le pone los dientes y los michelines largos a Karl Lagerfeld, el modisto, o a Jean Paul Gaultier, el diseñador preferido de la pedorrilla de Madonna.
Resumiendo, amadísimos/as de mi paterno corazón, si no podéis sed castos, sed al menos cautos, previsores y más limpios que los chorros del oro...