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Una mirada al pasado

Una mirada al pasado

jueves 11 de diciembre de 2008, 15:18h
Actualizado: 26 de marzo de 2009, 15:20h

Quiero confesarles esta semana, estimados lectores, que ya estoy un poco harto de los espectáculos mediáticos que caracterizan nuestra variopinta agenda política. No tengo nada en contra de las refriegas políticas; tan es así que muchas veces no he dudado, desde esta columna, en remangarme la camisa y tomar posición con entusiasmo, enfrentándome con medio mundo, por el puro gusto de opinar. Lo que me cabrea supremamente son esas escaramuzas al fósforo, desprovistas de toda contextualización y reflexión, tras las cuales medios y arrimados nos lanzamos ingenuamente, convirtiéndonos en fichas del interesado jueguito entre los buenos y los malos.

Digo, saquémonos la mostaza sin complejo alguno, pero solamente cuando todos hayamos hecho el esfuerzo y la labor de poner las cosas en perspectiva, para que la gente que nos escucha y nos lee, lo haga otorgándonos el crédito de haber aportado en algo al debate, y no seamos una simple caja de resonancia de la batallita de turno.

Estoy pensando específicamente en la actual reyerta entre el Gobierno y la Iglesia Católica, que aparece como algo inédito y excepcional. Moros y cristianos se andan tirando al suelo, histéricos, rasgándose las vestiduras por la posición política de la Iglesia, como si esto fuera novedad. Seamos serios, por favor, la Iglesia ha sido siempre un poderoso actor político, allí donde se ha levantado una cruz.

Miremos un poco atrás y veremos que durante largos periodos, no podía diferenciarse el poder fáctico de la Iglesia. Los papas eran reyes, conspiraban entre sí y se asesinaban en procura de defender sus intereses. Quien crea que detrás de El Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición no existían razones económicas y políticas que poco tenían que ver con la fe, debería volver al colegio (laico, eso sí). La colonización de América tampoco fue un ejemplo de neutralidad política por parte de la Iglesia. Un poco más cerca: el papa Juan Pablo II, el mismo que pidió perdón al mundo por la Inquisición, jugó un rol esencial en el derrumbe del comunismo, condenándonos a treinta años de unilateralismo. Y mucho más reciente: La Iglesia fue uno de los más duros adversarios de la Revolución del 52; la permanente conspiración falangista hallaba cobijo y complicidad en los templos, y el clero excomulgaba a los movimientistas, los íncubos de la época.

Claro, estaban defendiendo intereses económicos ligados, entre otras cosas, al latifundio. No creo estar calumniando a nadie si afirmo que los curas son guapos, cuando de platita se trata, y que la saben cuidar utilizando su poder. El hecho de que la nueva CPE, al establecer un Estado laico, afectará los intereses de la Iglesia es evidente, y grande como una catedral, así como lo es que la curia esté mostrando las garras. El conflicto me parece normal y legítimo, pero lo que me parece una ofensa intelectual es que todos andemos detrás de la discusión de que si los prelados son apolíticos, neutrales y objetivos, y si deberían o no opinar de política.

El cardenal Terrazas no ha escatimado esfuerzos en expresar, a través de gestos y opiniones explícitas, su opinión acerca de temas políticos, y creo que está en todo su derecho de hacerlo. Pero el punto no es ése. Lo que simplemente reclamo es que, quienes no somos parte en la pugna, podríamos profundizar el debate contextualizando acerca de la relación entre Iglesia, poder político y sociedad, o acerca de la conveniencia o no de un Estado laico. En este y otros temas, la discusión abierta y sincera sobre realidades históricas, les garantizo, sería mucho más constructiva.

*Ilya Fortún
es comunicador social.

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