Comilón 07/03/2007
La Nicoletta
Paseo de la Castellana, 4-Metro Colón
28046-Madrid/Tlf: 91 577 52 39
Amante acérrimo de la cocina italiana corrí a reservar mesa en La Nicoletta tras la recomendación desinteresada de una compañera a la que por cierto, buen tirón de orejas le di tras tirarme a la mesa durante dos horas sin una intensa conversación mediante. Dicen que la primera impresión es la que cuenta, pero en este caso no fue así. Pues fue buena, a la primera, pero a la segunda y a la tercera, terminó siendo funesta. Poco tardaron en poner por delante los entrantes, bien presentados eso sí. El provolone, exquisito, equilibrado y sabroso, el queso y el tomate natural conjugaban a la perfección. La selección de tostas bien ricas, no racanearon y no tiraron de un jamón serrano de segunda, cosa que se agradece.
Luego, me atreví a darme un garbeo por el local. Inmenso, con una decoración que por enclave y precios, no daba la talla y que con el comedor a reventar hacían de la comida una mezcla entre un concierto de música heavy y una comida. Si buscan una cena íntima, La Nicoletta no es su sitio.
Y llegó la hora de la verdad. Me atreví a pedir un plato que en muy muy pocos sitios me ha contentado, lasagna a la boloñesa. Pero no anduvo del todo mal, al menos no se dejó notar ese regustillo que a uno le hace recordar la lasagna precocinada del LIDL o del Mercadona, menos mal. Pero aquí uno, con buen saque, no quedó contento y se pidió unos ñoquis rellenos de carne bañados en nata. Bien buenos que estaban sí señor. La salsa, en su punto, suave y sabrosa. De vinos mejor ni hablar, de hecho no me pusieron ni la botella por delante, así que vaya usted a saber.
De ahí al postre, media hora, cronometrada segundo a segundo. Ya con ganas tan sólo de pagar y marchar, conseguí mantener la cabeza fría y quedarme a probar el tiramisú. ¿Qué cómo estaba? Como una suela de zapato de las que se comía Charlot. Insípido y más que falto de un chorrito de su correspondiente licor.
Ambiente: 2. Si algo no favorece comer en La Nicoletta es mantener una conversación sosegada y tranquila. Si el comedor, grande como un campo de fútbol, está lleno, gritar es inevitable y cabrearse aún más.
Servicio: 1. Que te sirva alguno de los camareros es una quiniela. Vestidos como para un entierro son muchos, muchísimos, pero no lo parece. La espera se hace insoportable si uno tiene prisa o si su principal don no es la paciencia.
Comida: 4. Enemigo de la sal, lo soy más de la falta de sabor. Todo lo que no me pusieron de sal en los respectivos platos me lo pusieron de miel en la ensalada, de la que no he hecho mención porque aquello parecía más un panel que una fuente. Lo único que parecía salvable, la pasta, fresca y en su punto adecuado de cocción.
Precio: No se corresponde ni mucho menos con la calidad que se ofrece ni con el servicio que se presta.