La corrupción como aceite que engrasa la sala de máquinas de la democracia
jueves 26 de febrero de 2009, 18:29h
Actualizado: 05 de marzo de 2009, 12:54h
Todos los casos de corrupción me producen asco y hartazgo. Me parecen vomitivos los que se acercan a los políticos para tentar a los llamados servidores públicos tirando un billete de alto valor a la espera de clavársela cuando se agachan a ver los ceros que aparecen a la derecha del papel moneda. También me harta escuchar día a día denuncias sobre presuntas acciones corruptas que tanto escandalizan a los ciudadanos de la calle y que da la sensación de que los acusadores no persiguen acabar con el mal sino con el contrincante político. Parece un mal necesario, produce naturalidad en los afectados porque el mismo marrón avergüenza sólo si se lo comen los contrarios. La supuesta trama de empresarios que buceaban a las mil maravillas en los mares de las administraciones gobernadas por el PP, gracias a sus amistades pasadas, presentes y peligrosas, y que el juez Baltasar Garzón está investigando, inquieta a los habitantes del planeta España, pone cachondos a los de las siglas contrincantes y a los populares les agita de tal manera que sacan a relucir los mismos argumentos que los socialistas esgrimieron cuando el mismo Garzón se hizo con las riendas del caso de los GAL.
Las mismas indefensiones que denuncia el PP, ciertas, por cierto, respecto a los posibles encausados, cuyos nombres conocemos a pesar del secreto sumarial, coinciden totalmente con las que se exponían desde el PSOE hace muchos años. Todo esto terminará, no sabemos muy bien ni cómo ni cuándo, sobre todo en lo relativo al ruido y al protagonismo mediático de la corrupción, pero no está tan claro que se acabe con el mal. Mas bien, puede suceder que se adormezca el nervio que genera la corrupción, sin que se trabaje decididamente en extirparlo, aunque no del todo porque es imposible dado que somos humanos y tenemos debilidades.
Luego está el caso de los espías a la carta, por cierto, bajando en el ranking de los escándalos del mes, que nadie parece dispuesto a aclarar. Algunos dicen que nada se sacará en claro, porque el espionaje forma parte, como otras corrupciones ligadas a la política, del aceite con que se engrasa el sistema. Todo esto se trama en la sala de maquinas de la democracia y algunos pensadores consideran que este aceite es necesario para que el Estado funcione a las mil maravillas y garantice la libertad y no sé cuántas cosas más a los ciudadanos de nuestro planeta. Si todos tienen sus espías y todos saben cosas de los otros que pueden ser usadas en determinados momentos de ataques directos como éstos en los que los ladrones y los espías lo cubren todo, lo más lógico es llegar a la conclusión de que no vigilan para prevenir actuaciones golfas sino para airearlas cuando todo huele a mierda. Tampoco se ponen colorados por la corrupción económica porque consideren malo vivir de eso, sino cuando ellos son los perjudicados. Unos reconocen que colocando muchos a dedo se consiguen seguidores y votantes, y otros lo denuncian siempre que no sea de los suyos, pero lo más escandaloso es que la ley permita hacerlo. Todo perfecto. ¿Y si todo esto fuera verdad?