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La semana política que empieza

La (no tan mala) política exterior de Zapatero

La (no tan mala) política exterior de Zapatero

domingo 29 de marzo de 2009, 12:39h
Actualizado: 31 de marzo de 2009, 07:11h
Discrepo de quienes afirman, así sin más, que la política exterior del gobierno Zapatero es un desastre. Creo que los desastres en la trayectoria del actual presidente del gobierno español deben buscarse más en los campos económico e institucional que en el diplomático. Y lo digo a pesar de algunos sonoros patinazos –el último, el de Kosovo-- fruto de un cierto infantilismo revolucionario del sesentayocho que caracteriza la personalidad, llena de luces y sombras, de nuestro ZP. Ahora tiene una nueva oportunidad de lucirse: se va a ver, cara a cara, con Obama, aunque no sabemos durante cuántos minutos, ni con qué temario sobre la mesa.
Este país nuestro es muy dado a ‘españolizar’ las cuestiones internacionales más peliagudas. Y, así, nos interesamos más por el hecho de que ZP vaya a encontrarse un ratito con el hombre más poderoso –y ahora popular—de la tierra que por la circunstancia de que esta semana se van a producir encuentros multilaterales y bilaterales que posiblemente vayan a cambiar algo, tal vez bastante, el mundo y nuestro sistema de vida. Me refiero a la reunión del G-20, un grupo decisivo para modificar el sistema instaurado hace casi medio siglo en Bretton Woods y que es el aún imperante, probablemente ya durante no mucho tiempo. A Zapatero hemos de colgarle, al menos, la medalla de haberse introducido, con el transportín o la silla que sea, y con la eficaz colaboración del equipo del injustamente denostado Moratinos, en un grupo del que algunos, por lo visto, consideraban que deberíamos estar ausentes por nuestra propia naturaleza.

Puede que del encuentro de Londres salgamos todos con el rabo entre las piernas, porque esperamos tanto de él que seguramente resultemos colectivamente decepcionados. Pero el caso es que España va a estar ahí, entre los demás, con voz y voto para contribuir a sacar –ojalá—al mundo del atasco. Y también estará en la cumbre de la OTAN, donde aseguran que ya no nos guardan rencor, tras las explicaciones (y excusas) de rigor por lo de Kosovo. Y en las otras cumbres que se van a celebrar esta semana en distintas capitales europeas y en Ankara, donde Zapatero va a tratar de revitalizar con Erdogan la languideciente Alianza de Civilizaciones; me parece incomprensible que algunos parezcan alegrarse de la probable ausencia de Obama en ese encuentro. Puede que la AdeC sea una idea frágil: lo es, de hecho. Pero ni es una iniciativa nociva ni hay, por lo que se ve, cosas mejores sobre el tapete que enfrentar al conflicto de civilizaciones. A mí, al menos, me gustaría que el presidente norteamericano acudiese, aunque solamente fuese a título informativo, a ese foro.

    En ocasiones da la impresión de que algunos sectores políticos y mediáticos hispanos celebran los fracasos diplomáticos del gobierno y lamentan los éxitos en el campo internacional. Como si no fuesen los éxitos y los fracasos de todos nosotros. Una vez más, el escaso sentido del Estado que anima nuestros corazones se pone de manifiesto en este capítulo. ¿No sería más lógico que el representante español, y le toca el papel a Zapatero, acudiese arropado por la fuerza de todo un país unido, en lugar de debilitado por las críticas apriorísticas acerca de lo inane de nuestras ofensivas diplomátoicas?

Lo cierto es que esta semana se pone a prueba, de nuevo, el grado de estadista que alberga –aunque a veces lo lleve muy oculto, la verdad—el alma de Zapatero. Se va a encontrar con todos los líderes mundiales que cuentan, entre ellos algunos latinoamericanos que tan importantes son para los intereses españoles (el mexicano Calderón, el brasileño Lula, la argentina Cristina Fernández…), con los europeos, con los chinos y, naturalmente, con Obama. Va a conocer de primera mano, entre otras cosas, lo que se cuece en las siempre difíciles relaciones con la Rusia de Putin, la batalla que se plantea contra el fanatismo terrorista islamista en el seno de la Alianza Atlántica y hasta dónde llega la ofensiva económica de los emergentes orientales China, Corea, India.

    Participará en el gran debate sobre cómo ha de ser el mundo empobrecido y temeroso ante una crisis que no se comprende y para cuya superación las recetas son demasiado dispares.  Y, claro, el hombre que se va a presentar como el presidente interino de la Unión Europea dentro de nueve meses va a hablar de todo esto –puede que apenas unos minutos, insisto; pero minutos al fin-- con Obama, convertido en la gran esperanza del planeta. Ese hombre que se prepara ya para realizar una presidencia de la UE que no sea una catástrofe como la que actualmente desempeñan los checos, ese personaje que se coló, para bien, en el G-20, que encarnó la hostilidad de y con el peor presidente de los Estados Unidos en dos siglos, se llama José Luis Rodríguez Zapatero, tiene muchos problemas –no pocos causados por su culpa—en casa y tiene ahora, más que nunca, que dar la talla. Habrá quienes no lo deseen; yo, como un español más, ruego por que ZP haga un buen papel en esta semana crucial que es mucho más que una foto con Obama.
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