El interminable jolgorio electoral y los desmanes y denuncias que lo adornan, tienen como escenario la preocupación, medidas y sospechas de la posible presencia en el país de la gripe porcina. Mientras en algunos lugares recogen las cenizas de las boletas incineradas o tratan de reparar en lo posible los locales que fueron presa de actos vandálicos el domingo pasado, en aeropuertos, puertos y fronteras terrestres se toman medidas para tratar de conjurar su entrada al país.
Según noticias, la gripe porcina en México ya ha cobrado la vida de casi dos centenares de personas y se extiende por otros continentes. La Organización Mundial de la Salud (OMS) elevó la alerta mundial a un nivel 5 en una escala de 6, lo que significa que todos los países deben empezar a preparar y aplicar sus planes de pandemia, que implican alta vigilancia y detección oportuna de los casos.
En Ecuador no sólo las autoridades sanitarias se han movilizado, sino también la ciudadanía en su conjunto.
Hay aquí conciencia casi unánime del peligro y ya aparecen quienes quieren evitar el contagio y ayudar a sus compatriotas. Una muestra de unidad, solidaridad, fraternidad e instinto de conservación colectiva, que desgraciadamente no tenemos en la política, por ejemplo.
Poniendo en paralelo los dos problemas, nos damos cuenta de que quizás, con todas las falencias que sabemos y que hemos señalado hasta el cansancio, tengamos mejor educación sanitaria que cívica. Una dura e insoslayable realidad, que tenemos que aprender a
transformar.