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Estados Unidos, pueblo armado

jueves 04 de junio de 2009, 02:19h
Actualizado: 23 de julio de 2009, 01:18h

Decenas de personas mueren absurdamente ante el fácil acceso a las armas

El derecho al libre porte de armas de fuego constituye unos de los fenómenos más incomprensibles de la sociedad norteamericana. El mismo emana de su sistema constitucional y de su mitología nacional. Lo primero es consecuencia de una prerrogativa ciudadana garantizada por la Segunda Enmienda de la Constitución, mientras lo mítico se inserta dentro del llamado "espíritu de frontera".

La Segunda Enmienda es expresión de la "milicia armada" que se enfrentó a las fuerzas británicas dándole su libertad a Estados Unidos y que aún pervive como un anacronismo histórico y legal. El ciudadano armado de una pistola o de un fusil sigue siendo visto, en la época de los misiles nucleares, como el protector emblemático de la seguridad nacional. El carácter inmanente de este derecho quedó refrendado por una sentencia histórica dictada por la Corte Suprema de Justicia estadounidense en junio pasado. En ella, se declaraba la improcedencia de una ley estadal que prohibía el libre porte de armas. Remontándose a 1791, fecha de la Enmienda, el máximo tribunal garantizó el derecho de todo ciudadano a poseer y llevar armas de fuego.

El "espíritu de frontera" se nos presenta, por su parte, como un componente fundamental de su mitología nacional. En su esencia simboliza el temor ante la hostilidad circundante. El mismo temor que experimentaron los colonos originarios ante un nuevo mundo y los conquistadores del Oeste en su expansión hacia horizontes de incertidumbre. De acuerdo a Ziauddin Sardar y Merryl Wyn Davies: "La frontera del Oeste no es historia, es la expresión de ideas acerca del significado de la historia, un genuino espacio mítico. Es atemporal... La frontera del miedo, al igual que ocurrió con la frontera del Oeste, está siempre en continuo movimiento" (American Dream, Global Nightmare, Londres, 2004). Desde las brujas de Salem hasta la paranoia resultante del 11 de septiembre, este sentimiento ha estado consustanciado a su identidad de pueblo. No en balde la necesidad psicológica de estar armados, lo cual se proyecta a escala individual y como nación.

Como ocurre cuando el derecho y la cultura se unen, la forja resultante es poderosa. Poco importa que el principio constitucional invocado resulte tan arcaico como desligado de todo sentido plausible de realidad o que el mito no resista el escrutinio del sentido común. Como señalaba The Economist de fecha 21 de abril, 2007, hay 240 millones de armas de fuego en manos de la población de ese país. El resultado inevitable son las matanzas periódicas al estilo Columbine o Virginia Tech, en donde decenas de personas mueren absurdamente ante el fácil acceso a las armas por parte de desequilibrados mentales.

Esta irracionalidad tiene implicaciones que desbordan su territorio. El Estado mexicano, lanzado a una lucha frontal contra el narcotráfico, debe presenciar impotente cómo las bandas que confronta se equipan con las armas más modernas y potentes al otro lado de la frontera. Se llega así al mayor de los absurdos: México asumiendo el costo en vidas de una lucha, cuyo principal beneficiario es el mismo país que vende abierta y legalmente las armas que matan a sus soldados y policías.

altohar@hotmail.com

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