Por obligación, pero un tanto escépticos, los ecuatorianos volveremos a votar el próximo 14 de junio, esta vez para elegir a los parlamentarios andinos y a los representantes de las juntas parroquiales. Son tantas las veces que en los últimos tres años hemos acudido a las urnas, que el asunto comienza a resultar cargoso para muchos de nuestros conciudadanos.
Sin embargo, hay que hacerlo y estar conscientes de que debemos elegir responsable y concientemente a nuestros representantes. En el caso de los parlamentarios andinos el asunto se vuelve un tanto más “gaseiforme” para el votante, que en lo que respecta a las juntas parroquiales. Las juntas están a la vista, hay cómo medir y verificar su trabajo; sin embargo, en cuanto al Parlamento Andino no es posible decir lo mismo.
Creado hace treinta años en La Paz por los cancilleres de Bolivia, Colombia, Ecuador, Perú y Venezuela, entró en vigencia en enero de 1984, y tiene sede en Bogotá.
No legisla, sólo se ciñe a aconsejar, opinar, sugerir y debatir. Poco de lo que hace el Parlamento repercute realmente en la vida cotidiana de quienes vivimos en esta zona del planeta.
Esos parlamentarios, ¿cuándo rinden cuenta a sus electores? Tal vez su principal objetivo sea “coadyuvar legislativamente al perfeccionamiento de los mecanismos y procesos de integración subregional”, pero esto en la práctica apenas se puede constatar. Pretende ser un espacio deliberante de la Comunidad Andina, pero poco ha podido hacer ante su desmembramiento e incierto futuro.