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Paradojas del carné por puntos

viernes 05 de junio de 2009, 13:36h
Actualizado: 07 de junio de 2009, 20:04h

Es difícil encontrar a alguien a quien no le parezca una cosa estupenda el carné por puntos actualmente en vigor. Parece, ciertamente, un sistema de control de desmanes que penaliza justamente a quien los comete y no a quien se porta como un ángel de la ruta.

Pero me han contado un caso que resulta ilustrativo de cómo hasta las mejores intenciones, cuando no se fijan en los detalles y las circunstancias en que se producen los hechos, pueden acabar dando lugar a situaciones chocantes que se parecen a aquel argumento que cierto ministro utilizaba cuando pretendió imponer el sistema de la patada en la puerta indiscriminada para luchar contra el crimen: “Si usted no es un chorizo, ¿por qué le va a molestar que la policía llame a su casa a las tantas de la noche?”.

El protagonista de esta historia perdió sus primeros tres puntos porque tuvo la mala fortuna de que, pendiente de una llamada del hospital por asunto familiar grave, la atendió con su teléfono móvil mientras conducía en una especie de acto reflejo bien comprensible. Captada su reprobable conducta por un coche camuflado de la Guardia Civil que iba tras él, fue interceptado de inmediato y de nada sirvieron sus explicaciones.

Nuestro poco afortunado amigo viaja regularmente a Cantabria y hace uso de la A-6 y luego la A-67, una vía que aún conserva un corto tramo de doble dirección, únicamente unos 35 kilómetros, más o menos entre Frómista y Alar del Rey. Este único tramo en el que aún no hay autovía, es una especie de feudo de un coche-radar, artista del camuflaje y empeñado en hacer su agosto (lo he sufrido en carne propia). Por el celo de quien maneja el tal artilugio, el protagonista de esta historia ha perdido tres puntos en el casco urbano de Osorno, en un lugar en donde es materialmente imposible reducir la velocidad sin pegar un frenazo al encontrar de sopetón una señal de limitación a 50 kilómetros/hora (él pasó a 70). Y recientemente ha perdido otros 2 en el lugar en que la autovía se interrumpe (en Frómista) y de nuevo, en un punto en donde resulta difícil disminuir el régimen de la marcha ante una sorpresiva señal de 80 por hora. Iba, según la sofisticada máquina vigilante que al parecer hay que amortizar como sea, a 110.

Así es que un sujeto de conducta prudente, solidaria y respetuosa, que ve cómo en las autopistas le pasan a toda leche sin que aparezca nunca un guardia, que salvo en la mencionada ocasión no usa nunca el móvil si está al volante, que jamás bebe, etc, se ha quedado de golpe sin ocho puntos. Es decir, es casi un delincuente que va como loco, un insensato que pone en riesgo a sus conciudadanos y al medio ambiente. Y, a poco que no ande con cien ojos, tendrá que hacer un curso de reeducación para recuperar su reputación.

¿Qué las normas son para todos y que no se pueden hacer excepciones? ¿Que la autoridad no puede detenerse a considerar las circunstancias concretas de cada caso? Pues sí, vale. Pero no me negarán que algo falla.
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