Creo que estos días aparece – o lo hará en breve- un libro que documenta la historia de las pinturas que realizó Goya para la ermita de San Antonio de la Florida y el último proceso de restauración que han soportado.
Pero no está mal recordar, en la fiesta del popular santo nacido realmente en Lisboa, que las generaciones actuales podemos admirar la obra de Goya gracias a una iniciativa adoptada en las primeras décadas del siglo pasado: la construcción de una ermita gemela para el culto, que evitara daños a la primitiva.
El 9 de marzo de 1928 se inauguró solemnemente la nueva ermita de San Antonio de la Florida para acoger el culto sin dañar el templo pintado por Goya. Por ello el altar mayor se trasladó al nuevo edificio. Para financiar su construcción –costó algo más de 200.000 pesetas- se organizó una corrida goyesca. Además de las donaciones particulares –hubo una anónima de 25.000 pesetas-, el Gobierno entregó la mitad de esa cantidad.
El proyecto fue encargado a don Juan Moya, entonces arquitecto mayor de los Reales Palacios y de la catedral de La Almudena. Gracias al empleo de materiales de construcción diferentes, el templo duplicado es aproximadamente un metro más ancho que el original, que tiene muros más gruesos.

Aprovechando las obras se instaló una potente iluminación en la ermita goyesca para que los madrileños pudieran apreciar la belleza de los frescos de San Antonio.
La Comisión de la Academia de Bellas Artes propuso, al abrirse la nueva ermita, que la original se dedicara a museo y a albergar la tumba de Goya.
EL traslado del Santísimo se hizo solemnemente el lunes 9 de abril. El culto cesó definitivamente tras una misa el domingo día 15 a la que asistieron, entre otras personalidades, el Ministro de Instrucción Pública y el alcalde Aristizábal. Se hizo coincidir la fecha con el primer centenario de la muerte de Goya en Burdeos, ocurrida el 15 de abril de 1828. Tanto el gobierno de la nación, como las autoridades de Madrid y Aragón programaron numerosas actividades para recordar al artista de los frescos.
Hoy, tras una espléndida restauración, los frescos que pintó Goya en 1798 pueden admirarse en todo su esplendor. Seis años el pequeño templo había sido reconstruido por el arquitecto Juan de Villanueva. A Goya le gustaban las riberas del Manzanares y ya en 1777 había un cartón para tapiz que tituló “Merienda en San Antonio de la Florida”. Y hay que felicitarse por la iniciativa de nuestros antepasados para librar al recinto histórico de los daños que podrían haber sufrido las pinturas si hubieran continuado los cultos y la presencia masiva de fieles. Con la ermita gemela se garantizaron el culto y la conservación de la obra artística, que tiene a San Antonio de Padua, titular del templo, como figura central. Madrid, además, ganó un museo.