Hay demasiado gobierno en nuestra vida. ¿Cómo lograr que el país progrese si ellos no nos dejan?
Lo dice Mandrake, singular detective nacido de la imaginación del brasileño Rubem Fonseca, un brillante narrador y guionista contemporáneo.
Fonseca escribe para insistir sobre los mismos problemas de la vida contemporánea, pero el gran valor de su obra radica en su capacidad de alcanzar cada vez mayor profundidad filosófica y mayor espesor crítico frente a la existencia individual y colectiva.
Será por eso que, a sus 84 años, este maestro de la literatura policial latinoamericana sigue creando. Creando y sacudiendo conciencias y sensibilidades. Creando y dejando una honda huella en sus lectores, una lección de vida, una manera de asumir la existencia: “La oscuridad es una forma de encontrar la lucidez”.
Sigue creando y revelando los innumerables, múltiples y sorprendentes ángulos de una misma realidad cruel, pragmática, insensible: ”Todo lo que resulta fácil termina en algo equivocado”.
En cada uno de sus 25 libros, Rubem Fonseca descarga una fuertísima dosis de intensidad y asombro sobre sus temas obsesivos: el poder y las mujeres. Para él, tanto en la política como en el amor hay levedad, todo es perecible, fugaz: “El goce del poder es solo un accidente temporal. Nunca lo valorices”.
Y entre la política y las mujeres descifra las claves de la corrupción, la soledad, el placer, la violencia, la riqueza, la droga, el asesinato, el sexo, la certeza de que más allá de la muerte solo hay muerte, la utopía de la existencia de Dios, el repudio frente a los que detentan el poder: “Toneladas pudriéndose en las bodegas del Gobierno, corrupción en el Gobierno, nepotismo en el Gobierno, medidas del Gobierno para poner obstáculos a los que quieren trabajar”.
Fonseca es existencialismo hondo, irreverencia implacable, escepticismo frontal, crudeza contundente, contrapoder puro: “No permitas que tu corazón controle tu mente. Si eso te ocurre, dejarás de ser cínico”.
Él atribuye su riqueza narrativa a hechos simples. Por ejemplo, cuenta que decidió publicar su obra cuando “fuertes señales del destino”, como la violencia y la corrupción en su entorno laboral, le indicaron que había llegado la hora de volcar sobre el papel sus vivencias como comisario de la terrible policía de Río de Janeiro.
Y así lo hizo, porque justamente en esos años de funcionario policial fue testigo de estremecedores episodios que luego convertiría en excepcionales novelas como ‘El gran arte’ y ‘Agosto’, o cuentos inolvidables como ‘El cobrador’.
Rubem Fonseca dice que los escritores deben cumplir un deber esencial: tener el coraje de mostrar lo que la mayoría de la gente siente miedo de decir.
“Las sospechas son como murciélagos, vuelan siempre en el crepúsculo y deben ser reprimidas o al menos bien vigiladas: impulsan a los reyes a la tiranía”.
Se trata de una reflexión de siempre, pero muy pertinente en tiempos de oscuridad y fanatismo como los de ahora, en especial para que despierten quienes prefieren callar o miran para otro lado.