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¡Los muertos no se tocan, nene!

domingo 16 de agosto de 2009, 18:42h
Actualizado: 18 de agosto de 2009, 18:46h

El domingo, 16 de agosto, la agencia EFE distribuía un despacho en el que informaba de la suspensión “definitiva” de la misión de rescate del alpinista español Óscar Pérez, de 33 años,  atrapado a más de 6.000 metros de altura en el Latok 2 desde hacía diez días, donde hasta este momento estaba, según los entendidos, entre la vida y la muerte. La noticia también se ha dado por “definitiva” y ya están apareciendo los pésames, las lamentaciones y en algunos casos los reproches a la propia víctima “porque sabía a lo que se exponía”. Las razones que se dan para la suspensión “definitiva” del rescate son el mal tiempo, la falta de seguridad y la escasa aclimatación de los alpinistas amigos o compañeros para emprender la subida a esta sobrecogedora montaña. La suspensión se decide tras reconocer que “nadie sabe si Óscar sigue con vida tras diez días de soledad, precariedad y angustia”. Al parecer, las gestiones del Gobierno español con su presidente a la cabeza, del Gobierno de Aragón, de la Embajada española en Pakistán, del Consejo Superior de Deportes, del Subdelegado del Gobierno de Huesca, de la Diputación y el Ayuntamiento oscenses, del Gobierno y el Ejército pakistaní, de la aseguradora FIATC, de los medios de comunicación y a saber de cuántas instituciones y personas más… ¡no han valido la pena!  Ni siquiera un experto piloto pakistaní de helicópteros intentó el rescate. Al fin y al cabo, Óscar Pérez no era nada más que un alpinista.

83 días estuvo en coma, antes de morir a los 63 años, Julián Lago, en una clínica de Asunción, la capital de Paraguay, donde el periodista había decidido iniciar una nueva vida, desengañado del mundo español de la comunicación, y tampoco sirvieron de mucho algunas de las gestiones (la mayor parte de ellas espúreas) que se intentaron para traerle en un avión medicalizado a España. Entre dimes y diretes, peleas y competencias médicas y familiares y otras historias para no dormir (quizá algún misterio mediático y político sin resolver), ese gran periodista que fue Julián Lago se fue muriendo casi abandonado por todos.

A las 24 horas de fallecer de un infarto el futbolista y capitán del Real Club Deportivo Espanyol, Daniel Jarque, en un hotel de Coverziano (Italia), su cuerpo era traído a España en un vuelo especial, con todos los honores, y expuesto a la veneración de los aficionados españolistas en Barcelona, donde durante varios días ha sido objeto de grandiosos homenajes y se le dedicará una calle y posiblemente el nombre de un estadio, amén de otros emolumentos póstumos.

La muerte de Valerio Lazarov, esta misma semana, sólo sirvió para recordar que fue el inventor del zoom y que hizo dos cositas: un documental sobre el Real Madrid y un programa sobra las Mamá-Chichos.

¿Por qué estas diferencias entre los muertos? Uno podría pensar que, a nivel de información mediática, hay muertos de primera clase (los futbolistas Antonio Puerta o Daniel Jarque), otros de segunda (famosos de la TV) y algunos de tercera (periodistas de los que se huye por considerarlos “política o mediáticamente incorrectos”). De la muerte de gentes como Michael Jackson ya ni hablemos. Pero la desaparición y posteriores cábalas del cantante negro que quiso tener la piel blanca batieron el récord de la difusión mediática, cuyos ecos por cierto no han concluido.

Óscar Pérez ni siquiera, que se sepa, ha muerto, y ya se le da por tal. Y las instituciones que en principio se removieron para rescatarle, o no debieron hacer las cosas bien, o han pensado que un montañero no tiene el valor humano de un futbolista o de un cantante. Dicho sea esto con todos los respetos.
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