En estos días de absurdos y cegueras hay una idea que viene cobrando fuerza: la guerra.
Decirla podría sonar paranoico y excesivo, pero hay que hacerlo.
Afuera, en nuestro afuera y otros afueras sudamericanos, muchos parecen saborearla desde las más irracionales convicciones.
Es una palabra de espanto, miedo, vacío, dolor.
Es una palabra que tiene que ver con la crispación colectiva, con la defensa de supuestos principios, con la presunta necesidad de sostener un proyecto de muerte a pesar de tanta muerte, con la supuesta urgencia de consolidar, a cualquier precio, una entelequia denominada “seguridad democrática”.
Pienso en el insólito entusiasmo y el discurso hipócrita que componen la puesta en escena: a la retórica de la beligerancia y el abuso se la enmascara de patrioterismo, de urgencia de consolidar un proyecto político, de apostarlo todo al conflicto armado porque, hipotéticamente, lo que interesa es el objetivo final, el bien superior: la paz. La paz sobre las cenizas de millones de cadáveres.
Pienso también en la ligereza con la que algunos líderes latinoamericanos pronuncian “guerra”. Como si nada. Como si se pudiera jugar con ella. Como si su simple enunciación ya fuera una primera victoria sobre el enemigo.
Pienso en la construcción de la idea de “enemigo”. En la facilidad con la que nosotros mismos nos convertimos en el enemigo. En la imposible convivencia de lo plural y lo distinto.
Pienso en ello mientras camino por los salones de la Capilla del Hombre y observo cada cuadro, cada escena, cada motivo de la serie ‘Los desastres de la guerra’, del pintor español Francisco José de Goya.
Pienso en esos hombres mutilados, en esos hombres atravesados de crueldad, en esos hombres urgidos de matar, en esos hombres que combaten y asesinan y mueren bajo ‘razones de Estado’ que, en realidad, son sinrazones de ira, de sordera, de intolerancia, de odio, de venganza, de chauvinismo, de revancha.
La guerra que dibujó Goya duele desde lo más elemental y errático, desde el asombro de encontrarse, 200 años después, con escenarios insólitamente contemporáneos, escenarios de rabia y mezquindad que se esconden tras la retórica de la geopolítica.
Intensamente crítico de su época, Goya pintó sus aguafuertes entre 1810 y 1814 con el objetivo de denunciar la brutalidad de la violencia, la estupidez de la confrontación bélica, la ausencia de la razón y el entendimiento, la arrogancia y corrupción de quienes ejercen el poder político y de quienes desde la ideología o desde los medios manipulan los espíritus.
Qué paradójico estremecerse en la Capilla del Hombre con los horrores que vivió Goya mientras afuera, en nuestro afuera y en los otros afueras sudamericanos, muchos adictos al horror, de uno y otro lado, amasan entusiasmados y hambrientos la idea de una guerra.