¿Para qué perder tanto tiempo, recursos y esfuerzos, si al final concluiremos en lo mismo?
La década de los años 20 del siglo XX fue quizás una de las más productivas para el pensamiento marxista, el mismo que para ese entonces ya se había hecho dueño y señor de las propuestas teóricas de la izquierda. De toda la camada de pensadores de la época destacan DOS en particular -ambos del mundo alemán- Georg Lukács, de familia judía de Budapest, hasta hoy el más grande teórico marxista después del propio Marx; y uno menos nombrado, pero de una gran importancia, el alemán Karl Korsch.
Les traigo a colación justo en este momento por el uso -y abuso- que se está haciendo de la palabra BURGUÉS, que, al convertirse en el constante latiguillo de Hugo Chávez, en su acepción de clase media para arriba, cada una de sus focas se siente con licencia para utilizarlo a troche y moche.
El burgués es un miembro de esa clase social a la que Carlos Marx consideró la "clase más revolucionaria de la historia", como lo hace saber con las abrumadoras pruebas que aporta en su grandioso capítulo "Burgueses y proletarios" de EL MANIFIESTO COMUNISTA (1848); pero sería a los marxistas arriba mencionados a quienes correspondería analizar un asunto crítico de esa notable -y notoria- clase social, que sólo podía nacer y desarrollarse en Occidente.
Límites Para Lukács y Korsch, uno de los rasgos más sobresalientes de la burguesía es el de ser incapaz, por razones de su posición de clase, precisamente, de entender o de comprender profundamente los LÍMITES del papel que les toca jugar en el desarrollo histórico. Por eso, para ellos y también para los marxistas menos ilustrados, el conocimiento que exhibe la burguesía es siempre IDEOLÓGICO, o sea, que oculta la verdad. El pensamiento burgués está inhabilitado para hacer otra cosa.
Ambos autores sostienen que si la BURGUESÍA fuese capaz de verse, no sólo tal cual es, sino como NO PUEDE ser, se llenaría de espanto y sabría, de inmediato, que su final está próximo. Ellos ni se pasearon por este asunto de que la burguesía era "el conjunto de personas que ven las cosas y dicen lo que están viendo, que al negro lo llaman negro y al blanco, blanco". Menos aún, que la burguesía es la QUE NO CANTA LAS LOAS, ni afirma con contundencia lo que quiere una autocracia que se dice revolucionaria.
Quizás quien más se acercó a este nuevo modo de utilizar el término como epíteto fuese Francois Furet, en su capítulo sobre "La pasión revolucionaria", que él identificó como el "odio a la burguesía", odio que hermanó estrecha y extrañamente a fascistas y comunistas en el siglo XX. Es a esta visión a la que está muy cercana la del chavismo.
En efecto, si le seguimos la pista al uso del término como un epíteto condenatorio, del que hace gala el chavismo, entonces todo lo malo y lo infame del mundo contemporáneo y todos los sufrimientos que deben arrostrar los que nada poseen, sólo tiene un origen: la BURGUESÍA y, como cabría esperar, es de su derrumbe y erradicación que depende el que, espléndida, brote la felicidad.
La historia, sin embargo, tiene un modo admirable de COMPROBAR si lo que se afirma de algo, es cierto. Y esta vez lo ha hecho por la VÍA NEGATIVA. En efecto, si es verdad que el origen de todos los males reside en ESA CLASE, entonces cabría esperar que su desaparición garantizaría la felicidad general. ¿Es esto verdad?
La misma historia, que tiene la ventaja de NUNCA DETENERSE, nos probó que la desaparición física de los burgueses fue acompañada por el nacimiento y la instalación de uno de los sistemas de mayor horror que la historia haya conocido. Y lo peor: ¡para nada! Al final no hubo más remedio que volver a lo que esa clase había significado -y seguía significando en muchos países- para proveer a los rusos, chinos y vietnamitas de la prosperidad que por tanto tiempo les eludió.
En esa inútil repetición estamos por aquí, donde un Estado PETROLERO, que inaugura un "socialismo rentista", también la ha emprendido contra esta clase. ¿Es ella la culpable de todos los males, o más bien la que produce y distribuye las "cosas buenas que tiene la vida"? Si fueren lo segundo, entonces ¿para qué perder tanto tiempo, recursos y esfuerzos, si al final concluiremos en lo mismo?
¿Quién garantiza que lo que haya de sustituir el papel histórico de la burguesía lo hará con los mismos logros? Y a fin de cuentas, se preguntan todos, ¿tendríamos que pagar las torpezas y los prejuicios de una manga de incapaces que se han hecho del poder, para no ofrecer nada que sea cualitativa, ni cuantitativamente superior?
ANTAVE38@YAHOO.COM