Los críticos de Zapatero, que los hay porrón, deberían al menos reconocer al presidente del Gobierno esa capacidad que tiene para identificarse con lo que el votante medio busca de sus gobernantes. Es decir, parece un tipo sincero, preocupado por el bienestar de los trabajadores y con respeto al oponente y a las instituciones. En su comparecencia en el Congreso, ha reconocido que se equivocó al considerar la crisis como una simple desaceleración. No está mal que rectifique. No hay muchos políticos que lo hagan. Ahora, simplemente, debería reconocerse a sí mismo la papeleta que tiene delante, con unas Administraciones cargadas de gasto y una economía seriamente tocada por la crisis y por la falta de reformas estructurales.
El presidente ha demostrado en su forma de gobernar su cercanía con los trabajadores (o al menos con los representantes sindicales). En todos estos meses de recesión ha mantenido y reforzado la protección social. Hoy lo ha recordado en el Congreso. Este es un punto, discurso tras discurso, donde Zapatero muestra proximidad y se gana a sus votantes. El problema es que el aumento del gasto social, cuando la recaudación fiscal cae por la recesión, se muestra insostenible.
En el único anuncio de la comparecencia, Zapatero ha cifrado en 1,5% del PIB la subida de impuestos planeada por el Ejecutivo (o 15.000 millones como ha calculado Rajoy). Este montante supone un retoque importante en algunos impuestos, pero tendremos que esperar a los Presupuestos para ver en qué se concreta. También supone que España se acerque a la media europea de presión fiscal, porque hay que recordar que un extenso Estado de Bienestar se paga a través de tributos.
Pero claro, hay que correr el riesgo de la subida de impuestos: posibles desinversiones y descenso de consumo, con la espiral que eso conlleva en un potencial descenso de la actividad económica y en el empleo. Los asesores de Salgado (muy callada, dejando el ‘tomate’ a ZP) deberán encontrar el punto exacto para que eso no suceda.
Mientras, Rajoy, algo menos catastrofista, ha tendido su mano al presidente para un pacto económico. Siempre con la condición de un recorte en el gasto y la supresión de la subida de impuestos. Algo no cuadra en las cuentas de Rajoy. ¿De dónde pretende recortar el gasto público? Si al final del año el déficit se escapa hasta un 9%, eso puede suponer 90.000 millones de euros. El ‘manostijeras’ del PP no ha explicado qué partidas presupuestarias quiere reducir: ¿Desempleo? ¿Sanidad? ¿Educación? ¿Infraestructuras? ¿Innovación? ¿Sueldo de los funcionarios? Vamos, que lo que propone Rajoy, es un ajuste del cinturón clásico, aquello que Zapatero ha evitado.
Lo que ha hecho bien Rajoy en recordarle al presidente es que ya lleva cinco años en el Gobierno y las reformas no llegan. Zapatero, como se esperaba, en su discurso no ha avanzado nada sobre la Ley de Economía Sostenible, donde se tienen que poner las bases de los cambios estructurales. De momento es puro vacío. Zapatero ‘el sincero’ debería reconocer, además de que se ha equivocado en el pasado, la inacción de su Ejecutivo.