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Franco Gamboa Rocabado

Resistencia política con consciencia

Resistencia política con consciencia

viernes 02 de octubre de 2009, 04:27h
Actualizado: 05 de noviembre de 2009, 21:35h

Franco Gamboa Rocabado

 

Resistencia política con consciencia

 

29-09-2009 En la vida cotidiana de la gente simple como un conjunto de campesinos pobres o las clases medias puede manifestarse una combinación importante entre consciencia y resistencia política. Millones de personas sencillas no tienen otra alternativa que vivir dentro y para la modernidad; sin embargo, simbólicamente tienen amplias posibilidades para resistir las formas de opresión política.

 

En este caso, el concepto de “resistencia” está unido a las acciones colectivas organizadas, guiadas por principios y sin conductas oportunistas ni egoístas; aunque probablemente dicha actitud resistente no tenga consecuencias revolucionarias. La única luz al final del túnel es una resistencia que niega, en lugar de aceptar, las bases de la dominación y la modernidad.

 

Uno de los instrumentos de la resistencia hoy día es la “consciencia” que los individuos tienen de sus actos, lo cual se expresa mediante símbolos, formas ideológicas como diversos valores y propósitos que la gente se plantea en la vida diaria porque representan los factores de análisis para comprender el conflicto de significados y perfiles morales que surgen en el mundo de los seres simples que habitan en la modernidad: las grandes masas urbanas en las metrópolis centrales o los miles de campesinos del mundo agrario. Las acciones de resistencia y los pensamientos sobre dicha resistencia se encuentran en permanente diálogo.

 

La experiencia directa que vive la resistencia con consciencia, es un conjunto de condiciones históricas y materiales ya dadas. Este es el potencial de cambio que debe ser dilucidado y mostrado por la investigación y la acción política. Hay que hacer patente la consciencia de las relaciones de dominación, la dialéctica de quiénes son los ganadores y quiénes los perdedores. El lenguaje, por ejemplo, está asociado con la explotación pues en él la verdad es distorsionada para servir a los intereses de la modernidad dominante.


A pesar de la desigual distribución de recursos entre los poseedores y los desposeídos, el conformismo con la estructura social debe ser “calculado” en la vida diaria de aquellos que resisten y continúan reflexionando sobre su situación. Si bien el camino de las revoluciones no siempre está asegurado, se abre el sendero del escepticismo y una sutil rebeldía material debajo de las supuestas aguas tranquilas de la paz y la estructura formal de la modernidad contemporánea.

 

La cultura, la ideología y la capacidad de generar conocimiento, deben ser entendidas como productos del conflicto que fomenten la crítica constructiva y la dilucidación de alternativas políticas. Los valores dominantes son reinterpretados constantemente en la vida diaria de la resistencia que también actúan para defender sus intereses por medio del sabotaje al consumo, la huelga de brazos caídos, la crítica de la cultura moderna, e inclusive los chismes maliciosos que se burlan de los más poderosos.

 

La dinámica específica de las relaciones de dominación y el material simbólico que proviene de ellas, puede ser completamente recreado y sobre todo, manipulable. Los resultados de la modernidad y las revoluciones históricas construyeron nuevas relaciones de poder y estructuras de clase. Actualmente es imposible superar las condiciones materiales de desigualdad pero, simultáneamente, la modernidad nos otorga diferentes alternativas de resistencia que cuestionan la hegemonía de las clases dominantes impugnando, en la vida diaria, la legitimidad del poder.

 

La consciencia cotidiana de resistencia y el cuestionamiento de las hegemonías de clase en el mundo moderno, lamentablemente también tiene una lógica dual donde lo “inevitable” se combina con el “pragmatismo” para convertir a la subordinación en algo vivible y psicológicamente aceptable.

 

Las rutas conducentes hacia épicas revoluciones, probablemente ya no regresen en el siglo XXI, pero los “Estados fallidos” y la constante desigualdad en el mundo, sumada a la crisis medioambiental que trajo el modelo industrial, son una prueba fehaciente de que la modernidad nunca estuvo preparada para aplicar su modo de vida sofisticado a las situaciones de anomia política y crisis violentas en democracia, que afectan también al orden político de los países más poderosos como Estados Unidos y aquellos de Europa occidental. En consecuencia, la consciencia de nuestra situación abre surcos importantes para resistir políticamente y tratar de imaginar un mundo más democrático y perfectible.

 

Franco Gamboa Rocabado
Sociólogo político, miembro del Instituto de Ciencia Política de la Pontificia Universidad Católica de Chile y de Yale World Fellows Program, franco.gamboa@aya.yale.edu, jfgamboa@uc.cl

 

 

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