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Acuerdos

Acuerdos

Influido por el entorno del Coloquio de IDEA, que acaba de terminar, dejo un minuto la coyuntura local, (que parece augurar, como mínimo, el fin de la recesión y un rebote para el 2010, cuya magnitud dependerá de “una buena cosecha” y de la permanencia de un escenario financiero internacional “tranquilo”), y busco una perspectiva más amplia.

Una de las cuestiones que surge, nítidamente, cuando se habla con políticos, con empresarios, con académicos, con extranjeros que reflejan las experiencias exitosas de sus países, es la necesidad de contar, en nuestro país, con “políticas de Estado”. Definidas éstas, como políticas acordadas por las principales fuerzas partidarias, empresariales, sindicales, etc. en torno a cuestiones que cada país considera prioritarias y de largo plazo, garantizando así, por las características de su génesis, y por el perfil de los participantes, que dichas políticas permanecerán, más o menos inalteradas a lo largo del tiempo, independientemente de los gobiernos de turno.

Por esa misma razón, en un mundo que se mueve a la velocidad de Internet, dichas políticas “permanentes” deben ser cuidadosamente escogidas y estar concentradas, justamente, en objetivos e instrumentos que soporten el “envejecimiento”. Obviamente, esta cualidad de “no envejecimiento” obliga a una visión y revisión estratégica amplia y a un debate profundo, diverso y extremadamente democrático, dentro de la sociedad.

En la Argentina se han confundido muchas veces, y esta no parece ser la excepción, estas políticas de estado, con las “reglas básicas para funcionar” o con acuerdos coyunturales para salir de una “emergencia”. Son tres cosas muy distintas.

Una cosa es acordar sobre, por ejemplo, políticas para protección a la niñez y reducción de la mortalidad infantil. Otra cosa es acordar sobre qué reglas se van a respetar para un funcionamiento adecuado de la sociedad y otra, también muy distinta, es acordar en torno a medidas “complejas” para salir de una emergencia o de una coyuntura difícil.

Las sociedades exitosas han superado sus problemas y logrado progreso en el contexto de estos tres niveles de acuerdo.

El de las reglas, el básico e inicial, se ha plasmado en sus Constituciones nacionales. En leyes que se dictan en el marco de esa Constitución, En el respeto y cumplimiento a ultranza de las mismas. Y creando las condiciones para una efectiva acción del Poder Judicial en su papel de control y de hacer cumplir las normas y con una sociedad demandante de este orden primario.

Bajo este paraguas, discutieron y fijaron, estratégicamente, y a veces sin necesidad de explicitarlo, sino creando el “clima”, algunas políticas de Estado con objetivos y metas precisas e instrumentos posibles.

Finalmente, en los casos en qué fue necesario, se acordaron medidas extremas para superar una crisis particular, o para cambiar leyes o marcos que impedían el progreso, pero que requerían un respaldo amplio, frente a grupos corporativos que defendían, fuertemente, privilegios o prebendas.

En la Argentina hemos llegado a tal grado de degradación institucional, que, insisto, confundimos acuerdos de “emergencia” con políticas de estado de largo plazo. Carecemos de discusiones estratégicas que trasciendan la superficialidad de una mesa de café televisiva y convertimos a la Constitución y al cumplimiento de la ley en una cuestión “optativa”, dependiendo del momento y de la conveniencia coyuntural. Con un poder judicial con pocos recursos para ejercer, efectiva y eficientemente el control de los otros poderes y obligar al cumplimiento de la ley.

En lugar de políticas de Estado, tenemos “políticas de estadio”. Me explico.
En un estadio de fútbol, los barrabravas llegan a la tribuna oficial, al ritmo de tambores y agitando banderas, con cánticos agresivos y ofensivos hacia el rival de turno, mientras desde el resto del estadio los simpatizantes del mismo equipo o neutrales observan divertidos y aplauden esa irrupción salvaje.

A su vez, los de la barrabrava contraria, en minoría, responden con el mismo estilo, a la espera de la “revancha” cuando ellos sean los locales.

De la misma manera, en la política argentina, los “dueños del poder” de cada momento, irrumpen en las instituciones, las moldean a su antojo, destruyen los controles republicanos y avanzan al ritmo de sus marchas y tambores, mientras el resto de la sociedad, aplaude u observa entretenida el espectáculo. Y las barrabravas rivales, en minoría, responden con insultos a la espera de su turno.

El kirchnerismo, por estilo, forzó al máximo este “modelo”, pero no lo inventó.

Pasar de políticas de estadio a políticas de Estado, que incluyan respeto a las reglas, capacidad del poder judicial de hacerlas cumplir, y algunos objetivos específicos con instrumentos detallados, no es tarea fácil pero, como lo han demostrado otras experiencias, tampoco es imposible.

Aunque requerirá algo más que la reunión de algunos políticos y algunos empresarios, bienintencionados

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