Este fin de semana dos de los más pequeños países de América obsequiaron una auténtica lección de democracia al resto de la región.
En Uruguay, luego de una encarnizada campaña para lograr el triunfo en la segunda vuelta de las elecciones, los dos contendientes se dirigieron a sus seguidores y a toda la población de su país con discursos llenos de gallardía y nobleza. Primero fue el ex presidente Lacalle quien apenas conocidas las primeras proyecciones del resultado de la elección reconoció el triunfo de su contendor y llamó a la unidad de todos los uruguayos en torno del nuevo presidente electo. Luego fue José Mujica quien con un breve discurso lleno de hidalguía y generosidad anunció que será el presidente de todos los uruguayos de cualquier tolda política. Ambos destacaron que el verdadero triunfador de la liza presidencial había sido el pueblo que democráticamente escogió a su nuevo gobernante.
El otro ejemplo es el de Honduras. Para el momento en que escribo este artículo, si bien no se conocen todavía resultados oficiales, todo indica que ha resultado elegido Porfirio Lobo. Pero lo más importante de todo es que, superando los malos presagios, las amenazas, los llamados a la abstención, los intentos de sabotaje de los seguidores de Manuel Zelaya, azuzados y apoyados por el dictador venezolano, el pueblo hondureño acudió copioso a los centros de votación para reiterar su fe en la democracia y para elegir su nuevo presidente. Desvirtuando también los vaticinios agoreros, el evento comicial se desarrolló de manera pacífica y cívica, apenas empañada por aislados incidentes provocados por los zelayistas.
El gran perdedor en estos dos eventos electorales es el teniente coronel presidente venezolano. En el caso uruguayo porque pensaba que contaría con un nuevo aliado en José Mujica, hombre proveniente de la izquierda más radical y agresiva de su país. Pensaba que con la llegada a la presidencia uruguaya de este ex jefe guerrillero tupamaro podría extender hasta ese país su proyecto de comunismo del siglo XXI. Tabaré Vásquez, hombre también de izquierda comprendió que el camino hacia el bienestar de la población y el progreso del país no está en la izquierda populista y corrupta que practica el dictador venezolano sino en la ruta del auténtico socialismo constructivo y democrático. Este es el camino que José Mujica ha anunciado que seguirá.
En el caso de Honduras, la crisis política de ese país sirvió para exponer a la luz de la opinión pública internacional la naturaleza injerencista y expansionista del proyecto político del mandante venezolano. Afortunadamente los hondureños se dieron cuenta a tiempo de la confabulación que había maquinado Zelaya para perpetuarse en el poder e implantar en su país una dictadura del modelo fidelo-chavo-comunista que estamos soportando los venezolanos.
Varios gobiernos de América Latina, bailando al son que le tocan desde Caracas, han dicho que no reconocerán al gobierno que surja de las elecciones hondureñas. Pareciera que el mandante de venezolano ha inventado una versión propia de la Doctrina Betancourt. Aquélla consistía en no reconocer los gobiernos de facto. Ésta pretende desconocer un gobierno legítima y democráticamente electo.
Esto último sería una violación flagrante del sacro principio de la libre determinación de los pueblos consagrado tanto en la Carta de la OEA como en la de las Naciones Unidas. Seguramente los gobiernos del mundo, y esto ya ha comenzado a suceder, paulatinamente reconocerán que la elección del nuevo presidente ha sido la mejor solución para la crisis hondureña y gradualmente normalizarán sus relaciones con el nuevo gobierno.
www.adolfotaylhardat.net