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Rajoy pierde en Ourense

Rajoy pierde en Ourense

En Ourense se ha celebrado un congreso provincial del PP donde han elegido a un nuevo presidente. Dicho así parece una noticia propia de un breve, con muchas papeletas para no ser mencionada en ningún gran medio de comunicación. Sin embargo, la elección de Manuel Baltar como presidente del PP de Ourense ha sido y sigue siendo una noticia de alcance, que ha dado incluso pie al debate y la controversia en España. Para unos la gran clave está en que Baltar Blanco sucede en el cargo a su padre, José Luis Baltar, que al cabo de 20 años ganando elecciones con mayorías absolutas es presentado como un mero cacique rural. Pero no todo es tan elemental como algunos nos quieren hacer creer. En Ourense, de entrada, acaba de producirse la victoria de las bases frente al aparato de la calle Génova, con Mariano Rajoy al frente. Y, además, con ello se ha consumado el triunfo de una ideología de corte galleguista frente al neoconservadurismo madrileño del PP. No estamos, pues, ante una noticia cualquiera.
Ni las presiones directas de Mariano Rajoy ni de Alberto Núñez Feijóo han servido de nada. Ni siquiera los apoyos mediáticos del Partido Popular. Las bases del PP de Ourense, miles de personas, no se han dejado conducir como si fueran ovejas y han votado a través de varios centenares de delegados de manera rotunda y clara. Como observó en El País el escritor Manuel Rivas, nada sospechoso de veleidades conservadoras, el Partido Popular de Ourense ha experimentado una metamorfosis que le hace parecerse más al Partido Republicano de Pensilvania que al Partido Popular de Madrid, dominado por un castizo neocaciquismo.
Más allá del PP, la noticia también tiene su importancia política porque rara vez es posible que las bases de un gran partido impongan su criterio frente a los aparatos. Por tanto, quienes creen en la democracia y en la política como herramientas de cambio social pueden estar seguros de que en Ourense no ha ganado el hijo de un cacique rural. Más bien lo ha hecho un demócrata hecho a sí mismo, quizá más próximo a un conservador inglés o estadounidense que a un correveidile de los muchos que utilizan los aparatos de los grandes partidos españoles como sumisos delegados en lo que llaman provincias.
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