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¿Maniobras contra Bono?

¿Maniobras contra Bono?

   Confieso, para hacer una creo que obligada declaración de intereses, que José Bono me ha parecido siempre una figura política y humanamente atractiva. Llevo muchos años como observador siguiéndole más o menos de cerca, casi siempre con simpatía, de manera que todo ello puede condicionar lo que voy a decir a continuación. El lector juzgará.

   Me cuesta creer que alguien como José Bono esté inserto en corruptelas, la verdad. Y lo digo así de tajantemente para abrir boca. Más bien me inclino a pensar que otros, quizá para tapar escándalos que les son más cercanos, andan buscando sangre en el bando contrario. He escuchado cosas, en las últimas horas, verdaderamente pintorescas, viniendo del campo periodístico, que habría de estar obligado a un mayor rigor y precisión, sobre todo a la hora de lanzar acusaciones sobre corrupción.

   Siempre he creído que España es un país difamatorio por naturaleza. Lo estamos viendo en el pegajoso ‘caso Gürtel’, donde la basura se esparce hacia arriba y hacia los lados, causando a veces algún daño colateral a personas a las que la infamia no les corresponde. Lo hemos visto en multitud de ocasiones anteriores, hasta el punto de que muchas veces he pensado que si la lucha contra la corrupción no es en España más efectiva es porque el propio concepto de ‘corrupción’ resulta demasiado laxo, excesivamente sometido a ‘vendettas’ y a luchas partidarias: estamos dispuestos a llamar ‘corrupto’ al político que acepta una bufanda de regalo, pero hacemos la vista gorda ante una podredumbre estructural cuya denuncia podría salirnos mucho más cara.

   Porque resulta que el hecho de que un connotado político tenga uno o varios pisos, más o menos lujosos, o un picadero hípico, pongamos por caso, resultará más o menos ostentoso, más o menos alejado de algunos modelos de socialismo, más bien desfasados, que a ciertos sectores conservadores les puede venir bien manejar: pero, desde luego, lo que no es es delito. Y si alguien quiere sugerir que por regalar un piso a un hijo, o dos, si usted quiere, se emplea dinero mal habido, que lo diga, que lo demuestre y que lo lleve a los tribunales. Si no, lo prudente me parece callar.

   Lo demás, la insinuación sinuosa, no vale. No siempre se puede coincidir con los planteamientos políticos de Bono, de quien en su momento pensé que hubiese sido un secretario general del PSOE más completo que quien fue su rival –y vencedor—en aquel congreso del año 2000. Pero, nos guste más o menos, una cosa es la crítica política y otra la difamación disimulada. Género periodístico este último del que, a menudo que avanza en esta sociedad nuestra, me siento cada día más distinto y más distante.

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