jueves 15 de abril de 2010, 17:25h
Última actualización: jueves 22 de abril de 2010, 23:18h
El fuerte invierno ha vuelto a recordarnos la necesidad de respetar a la naturaleza, para no terminar enfrentándola y sufriendo sus embates.
Tenemos un país cruzado por grandes y pequeños ríos, que embellecen y fertilizan nuestro territorio. Sus aguas son amables, predecibles y generosas, y pintan de verde las grandes sabanas costaneras y amazónicas. A veces, esas aguas llegan abundantes y bravías e irrumpen con furia en la vida de las gentes, inundando campos y poblados, pero inclusive en tales ocasiones hay un residuo de riqueza cuando ellas se retiran.
Sin duda, enfrentamos un cambio climático que ha vuelto más duros los ciclos naturales, con veranos más largos y secos, e inviernos más pluviosos. Pero no es menos cierto que nuestras gentes, en afán de comodidad de vida o de proximidad a los poblados, se han asentado en sitios no recomendables, como quebradas, laderas, cauces secos de ríos y depresiones naturales. Por otra parte, en afán de ganar tierras para la agricultura o los asentamientos humanos, han talado bosques y chaparros, que son los frenos naturales del agua que corre por cuestas y laderas. El resultado es que, cuando llegan inviernos fuertes, como éste, se producen deslaves, inundaciones, aludes de lodo y otros fenómenos similares, con graves consecuencias para las gentes instaladas ahí. Entonces vienen las quejas y los llantos, junto con reclamos a las autoridades.
Por otra parte, los nuevos asentamientos humanos del campo costeño han abandonado la sabia arquitectura sobre pilotes que desarrollaron nuestros antepasados, como un medio de enfrentar las periódicas inundaciones del invierno. Hoy vemos, por doquier, casas de ladrillo o bloque asentadas directamente sobre el suelo, que son una copia pobre de las modernas villas urbanas. Creyendo que la arquitectura sobre pilotes era algo primitivo, muchos campesinos adoptaron el modelo de casa de mampostería y lo aplicaron en sus casas, que ahora se inundan al menor aguacero fuerte. Y a ello contribuyen los mismos organismos públicos, que aplican y difunden ese tipo de arquitectura, nada adecuado para nuestra sabana costeña y especialmente para la cuenca del Guayas, que, de modo natural, se convierte cada año en un enorme espejo de agua.
Necesitamos superar este círculo vicioso, que ha sido estimulado por los traficantes de tierras y aupado por un populismo ramplón. Y la tarea que tenemos por delante implica un esfuerzo de varias dimensiones. A las autoridades nacionales y provinciales toca estudiar y definir las zonas de riesgo. A las municipalidades toca desalojar a las gentes asentadas en esas zonas (la de Quito lo acaba de hacer en Pisulí), reasentarlas en sitios apropiados y evitar que nuevas gentes desesperadas se asienten ahí, aunque esas medidas resulten impopulares. A las universidades corresponde elaborar tipologías constructivas aptas para cada región y clima. Y el Ministerio de Vivienda debe supervigilar su aplicación, comenzando por las obras que él contrata.
Solo un esfuerzo de este tipo nos permitirá vivir en mayor armonía con la naturaleza y a salvo de catástrofes totalmente previsibles y evitables.
jorge.nunez@telegrafo.com.ec