El presidente Zapatero ha dicho ayer, en el Senado, en el triste día en que se conocía que España había superado los cuatro millones y medio de parados, que a partir de este me de abril (y estamos a día 28), España comenzará a reducir la tasa de paro.
El presidente del Gobierno es optimista por naturaleza, también por estrategia, y no quiere desmoralizar a la tropa.
En el catálogo ibérico de las buenas intenciones, hay mentiras, mentirijillas de monja, falsedades, engaños y promesas políticas.
Al presidente del Gobierno, en lo que respecta a la política de empleo, le ha abandonado su desodorante, y algo huele a podrido en Dinamarca. No hay más que salir a la calle para echarse las manos a la nariz de lo mal que huele el pescado del desempleo y de la desesperación.
Pero, erre que erre, y al contrario de lo que sucede en la hostelería, donde el cliente siempre tiene la razón, en la política es el gobernante quien pretende sentar cátedra, atribuirse la sabiduría eterna, y ver brotes verdes en el desierto del Sáhara.
Ojalá Zapatero tenga la razón, y se comience a reducir el paro, y todos los españoles que piensan lo contrario estén equivocados. “De buenas intenciones están empedrados los cementerios”, dice el dicho popular, y hay otro, de los tiempos de Jaime Campmany, en que se advertía de que el Gobierno sólo acierta cuando rectifica.
Lo que nos preguntamos es muy sencillo: con la que está cayendo, con un 20 por ciento de la población sin trabajo, ¿de qué chistera ha sacado Zapatero el conejo de que el paro bajará a partir de ahora mismo, cuando los expertos nacionales e internacionales dicen exactamente lo contrario? El presidente es muy optimista, pero a casi cinco millones de españoles sin trabajo no les gustan la palabrería ni los juegos malabares. Si uno miente mientras otros sangran, la escena es de horror.