Dos historias, dos mundos
viernes 14 de mayo de 2010, 09:36h
Última actualización: lunes 07 de febrero de 2011, 13:44h
De vez en cuando tenemos que descansar los unos de los otros. Es evidente. Si aplicáramos está máxima a la vida, que mientras atendemos a otras cosas pasa a nuestro lado, seguro que ésta sería más llevadera. No dudo de que habría menos divorcios y separaciones y cultivaríamos mejor la amistad.
Desde esta parte del mundo la vida está tomada por el conflicto eterno entre palestinos e israelíes. A veces no veo más que un muro de lamentaciones, tal vez porque vivo cerca de ese lugar sagrado. Es como una pesadilla de la que no se puede salir.
Por eso me gustaría escribir del caso Gürtel, Correa y el mariachi con bandoneón que ha acompañado a uno de los trinques más impresentables de nuestra reciente democracia. Conozco por mi profesión a algunos de esos que ahora juran por sus muertos, por su inocencia y que a mí, hace años, ya me parecían unos manguis de gomina, chaqueta cruzada y calzoncillo sucio.
Me encantaría escribir y poner a parir a los curas tocones y abusones y de la ausente vergüenza de aquellos medios de comunicación que se han instalado en la antidemocrática extrema derecha española. Me gustaría igualmente opinar desde este blog sobre los periodistas chupones; esos que con tal de que les quieran se venden al mejor postor o esos que por un café con el político de turno entregan el cadáver de su padre.
Me encantaría opinar sobre la vergüenza que me produce lo que se está haciendo con Garzón. Las liebres corren a los galgos, que diría mi buen amigo Aniano Gago. El mundo al revés sentenciaría, seguro. Éste, al igual que mi madre, ha conocido muy directamente el drama de los perdedores tras el golpe de estado de Franco. Durante trece años y en su pueblo de Zamora tuvo un tío “topo”. Es decir, oculto en un cuarto secreto junto a la chimenea y muerto en vida por haber colaborado con la República o haberse manifestado demócrata o defensor de los trabajadores. Los falangistas, esos que no han pagado por sus crímenes y que ahora se aprovechan de las Leyes de la Democracia, iban muchos días a ver si le pillaban y de paso conseguían darle el “paseo”. Matarle.
Los falangistas también se llevaron por delante a los familiares más directos de mi madre y además la raparon por ser hija del rojo al que apalearon sin piedad en muchas ocasiones en la cárcel de Porlier y al que después fusilaron. Antes hicieron lo propio con su madre. Su delito fue creer en la democracia. Repito, el mundo al revés. Una pena que muchos de esos falangistas no fueran juzgados en Nuremberg. La de disgustos que nos habríamos evitado ahora...
He pasado estos meses buscando inspiración y debatiendo conmigo mismo sobre todas estas cosas. Al final he determinado que no. Que no merece la pena. Que ya hay muchos que escriben de eso y no podemos olvidarnos del sufrimiento que padecen millones de personas por estos lares. Es por ello por lo que no me apetece perder la oportunidad de recordar que siete mil personas han estado en huelga de hambre en las cárceles de Israel. Son palestinos, muchos de ellos en detención administrativa, es decir a la espera “sine die” de juicio por una denuncia anónima, una fotografía borrosa o porque la policía ha encontrado en la casa del detenido una carcasa de un bote de humo que, precisamente, pertenece a los antidisturbios de Israel. Los huelguistas pedían poder estudiar en las cárceles y una televisión para ver los informativos. Sólo eso. No exigían mejoras alimenticias porque es la Autoridad Nacional Palestina, para asombro de muchos y con dinero de la cooperación internacional quién mejora la dieta de los presos.
Cuando estos por fin llegan a juicio, la vista es un esperpento. El comportamiento de jueces y oficiales de justicia es el mismo: total desprecio por acusados y público. Muchos de esos oficiales -como he comprobado personalmente- dedican el juicio a leer la prensa deportiva, a hablar ruidosamente con visitantes ajenos o, como vi no hace mucho tiempo, a besarse con su pareja. Por cierto, si los familiares se desplazan, por ejemplo, desde Ramala al tribunal, el vehículo familiar o el autobús es detenido en el control policial de turno sin explicación alguna.
Vamos, que lo de España es de traca, pero lo de aquí no tiene arreglo. Dos mundos, dos historias.
Francisco Forjas. Corresponsal de RNE en Jerusalén.