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La batalla de Pichincha

La batalla de Pichincha

jueves 20 de mayo de 2010, 18:28h
En Pichincha culminó el esfuerzo de liberación del antiguo país de Quito, que comenzara en 1809 y culminara en 1822. Esa batalla, que tuvo como escenario las faldas del gran macizo de los Pichinchas, puso fin a la dominación española en el actual Ecuador y nos abrió paso a la vida republicana.

Hoy, casi dos siglos después, podemos discutir acerca de las limitaciones que tuvo el proceso independentista y también analizar los motivos que luego distorsionaron ese esfuerzo, pero ese es otro asunto, que no puede oscurecer la trascendencia de esa lucha de liberación nacional.

Mucho se ha escrito sobre la batalla de Pichincha, casi siempre entre la exaltación y la hipérbole. El fulgor de ese durísimo combate pareciera relucir todavía, entre  el ruido de explosiones, toques de corneta, gritos de rabia, quejas de heridos y proclamas de victoria. Todo esto mientras la ciudad entera, con el alma en suspenso, presenciaba desde los balcones, calles y plazas los movimientos de la lucha que se desarrollaba allá arriba, en las laderas agrestes del volcán, y en la que se jugaba su destino.

El enfrentamiento fue durísimo y exigió de ambos bandos un esfuerzo casi sobrehumano. El aire enrarecido y la elevada altitud de la zona, ubicada a más de tres mil metros, sofocaban la respiración de muchos combatientes, como los guayaquileños y peruanos, que venían de las tierras bajas de la Costa y se hallaban afectados por la dura marcha de la madrugada. A su vez, el abrupto escenario geográfico, constituido por una ladera empinada y cortada por profundos barrancos, impedía el uso de la caballería y aun limitaba el de la artillería, por lo que el combate se inició con armas de fuego y concluyó a la bayoneta calada, con los realistas trepando hacia la montaña y los patriotas atacando desde arriba. Luego de avances y retrocesos, los realistas parecían ya cerca de la victoria, pero la entrada en combate del batallón “Albión” y del batallón colombiano “Alto Magdalena” inclinaron el triunfo a favor de las fuerzas nacionales.

Las cifras de las bajas habidas aquel día muestran con brutal elocuencia la dureza de esa batalla: 400 muertos y 190 heridos en las filas realistas; 200 muertos y 140 heridos en las filas nacionales. Además, los vencedores capturaron alrededor de 1.200 prisioneros, entre soldados y oficiales, más 14 piezas de artillerías y muchas cajas de guerra. Al firmarse la capitulación del día siguiente, Sucre, con gran caballerosidad, garantizó la libertad y seguridad personal de los vencidos y el retorno a España de los jefes y oficiales españoles, cuyo pasaje sería pagado por la República.

Por todo esto, Pichincha fue un timbre de orgullo para Sucre, el gran estratega  que dirigía ese variopinto ejército de guayaquileños, cuencanos, quiteños, colombianos, peruanos, altoperuanos, argentinos y británicos. Pero lo fue también para la Junta de Gobierno de Guayaquil, bajo cuya dirección y con cuyo esfuerzo político y económico se había formado esa combativa fuerza de nacionales y extranjeros, que triunfó en Pichincha y consagró nuestra independencia.

La enhiesta figura de Sucre, el notable estratega de nuestra independencia, no puede hacernos olvidar que fueron Guayaquil y los guayaquileños quienes llevaron el peso fundamental de esa segunda campaña por la libertad, así como Quito y los quiteños cargaron con el peso de la primera. Costeños fueron, en su mayoría, los héroes y mártires de Camino Real, Tanizahua y los dos Huachis. Y de Guayaquil, Guaranda, Cuenca, Loja y el resto del país quiteño vinieron muchos de los soldados del Ejército Unido que triunfó en Pichincha.

Por eso, es justo afirmar que Pichincha fue el triunfo de nuestra voluntad nacional por la independencia, pero fue, también, la primera batalla conjunta de los pueblos de Sudamérica por su libertad.

jorge.nunez@telegrafo.com.ec
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