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Sentencia, ya, o nunca

Sentencia, ya, o nunca

viernes 21 de mayo de 2010, 22:42h

   No es de recibo que tres años y medio no le hayan bastado al Tribunal Constitucional para emitir sentencia sobre el Estatut. Con seis intentos fallidos, por muchas vueltas que quieran darle, los magistrados difícilmente cambiarán de opinión, de modo que será complicado encontrar el mínimo común denominador capaz de alcanzar la mayoría.

   El Estatut de 2006, que la sociedad catalana no reclamaba, fue una huída hacia adelante de Pasqual Maragall. Metidos en la ciénaga, unos y otros intentaron arrimar el ascua a su sardina hasta que una tarde de sábado Zapatero y Artur Mas pusieron un poco de cordura y de posibilismo en un texto que para unos iba demasiado lejos y para otros se quedaba excesivamente corto.

   Las heridas de la discusión estatutaria y los trompicones del primer mandato del tripartito sacrificaron la cabeza de Maragall y los partidos socialistas de España y de Cataluña colocaron a su hombre del aparato, José Montilla. Éste está a punto de culminar los cuatro años de legislatura y de implementar el Estatuto y puede haber pasado de puntillas del vendaval que se avecina si hay un Estatuto con recortes.

   ¿Alguien con el juicio sano entenderá que un presidente pueda cumplir su mandato sin siquiera despeinarse, sin  dejarse unas cuantas plumas en la batalla? Si el Tribunal Constitucional posterga sus deliberaciones hasta después de las elecciones de octubre-noviembre, estará haciendo un flaco favor a la democracia y habrá eximido de responsabilidad a quienes nos metieron en el fregado.

   ¡Claro que tiene lecturas electorales la sentencia! Faltaría más. Por eso hay que exigir la sentencia cuanto antes, para que el electorado vea y compare promesas, actitudes y comportamientos pasados y presentes. Que aquellos que digan que ya se veía venir recapaciten si no fueron ellos los que prendieron la hoguera, si aquellos otros que dirán que hay que romper las reglas piensen por su parte si aquello que reclamaban aún no era más extremo que lo que se aprobó finalmente, etcétera.

   A Montilla, posiblemente también a Mas, y por supuesto a Zapatero les vendría de perlas un retraso hasta después de las elecciones. No. Rotundamente no. Las urnas deben valorar también qué hacía cada cuál y qué hizo para impedir, en su caso, el desaguisado.

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