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Un otoño más amable

Un otoño más amable

viernes 25 de mayo de 2007, 17:28h
Actualizado: 19 de septiembre de 2007, 03:01h
Sólo dos minutos y 42 segundos le dedicó Michelle Bachelet  en su Mensaje al tema de la mujer. A diferencia del marcado sello femenino que tuvo su intervención del año pasado, la Presidenta se limitó a mencionar que la presencia femenina en las Fuerzas Armadas y en el Servicio Militar es creciente y anunció la creación de un programa de educación contra la violencia doméstica.

Fenómeno no marginal  ya que, si se compara con el primer trimestre del año pasado, la tasa de crecimiento de las denuncias por violencia intrafamiliar, 5.5 por ciento en los tres primeros meses del 2007  fue superior al 3,2 por ciento de aumento que registró el total de delitos de máxima gravedad en el país.
 
Este es uno de los seis puntos que la recién elegida Presidenta planteó el 21 de mayo del 2006. Los demás fueron: perfeccionamiento de la ley de acoso sexual; eficiencia en los juicios de alimentos; continuidad en los estudios para las embarazadas; erradicación de la discriminación a las mujeres en edad fértil en los planes de Isapres; y gobierno paritario.

No cabe duda de que desde el primer mensaje del 2006, el gobierno ha avanzado en varios de estos puntos y que otras medidas como la reducción de la meta de superávit estructural al 0.5 por ciento del PIB y la reafirmación de la protección social como eje de acción, van en beneficio de las mujeres a las que en un país que exhibe un considerable porcentaje de jefas de hogar, la pobreza golpea fuerte.

Bachelet está convencida de que la participación de sus congéneres no se mide exclusivamente por su presencia en los ritos electorales, sino por su aporte en los contenidos que contribuyen a mejorar la calidad de la democracia. Por eso, es firme partidaria de que ellas estén presentes en las instancias de decisión de todas las áreas de su administración.

Sin embargo, la etapa que se cerró el 21 de mayo no fue fácil para la  Mandataria cuya popularidad comenzó a experimentar una violenta baja en las encuestas. A la defensiva, se sintió obligada a bajarle el perfil a temas como la paridad, que habían marcado su agenda.

La Presidenta quiso sustituir al antiguo establishment por figuras nuevas, pero al cabo de un año marcado por crisis y cambios de gabinete -salieron ministras emblemáticas como Paulina Veloso y Viviane Blanlot- vio desdibujarse su concepción de gobierno ciudadano y terminó por llamar de vuelta a políticos como José Antonio Viera-Gallo o René Cortázar, que conocen el lenguaje del poder y dominan las filas del oficialismo desde 1990.

MACHISMO DESATADO

Reconociendo que el gobierno ha cometido errores de distintos calibres, las críticas implacables de la oposición y el desorden en los partidos de la Concertación obedecen también a la resistencia de la clase política a reconocer a las mujeres como sus pares. Para sus integrantes éstas son incómodas, conflictivas y hablan otro idioma. De allí que la escalada de cuestionamientos masculinos a la Presidenta rayen, con frecuencia, en descalificaciones personales y faltas de respeto.

Ello confirma, una vez más, la difícil relación de las mujeres con el poder. Y explica por qué éstas se resisten a ingresar a un mundo que las trata como intrusas y les genera inseguridad. Las actitudes caudillistas, la centralización del poder, las prácticas que favorecen a las cúpulas, los estilos políticos tradicionales y el manejo centralizado del dinero, frenan su participación en el espacio público.

Además, ¿cómo pedirles que se incorporen con entusiasmo a un mundo que carece de credibilidad? Ellas no ignoran que la causa de este desprestigio es el fracaso de los modelos desarrollados por los hombres. Porque, aunque la política tenga nombre femenino, hasta ahora ha sido, fundamentalmente, cosa de hombres.
Las mujeres son socializadas para privilegiar lo afectivo y tienen dificultades para enfrentar la agresividad y competitividad que caracterizan el juego del poder.  Además, en Chile la dictadura marginó a una generación de políticos que, a la vuelta de exilios internos o externos, asaltaron el palacio de invierno y se atrincheraron en los partidos y en el Parlamento. Estos sienten que los cargos no alcanzan para todos, no están dispuestos a  compartirlos y a las mujeres se les exige el doble para acceder a ellos y conservarlos.

Reacios a aceptar la competencia femenina, cuando los nombres de Soledad Alvear y Michelle Bachelet comenzaron a liderar las encuestas, los conocidos de siempre echaron mano a todos sus recursos para deslegitimar sus liderazgos. “Las mujeres no están preparadas” o “Los chilenos no están listos para votar por una mujer para la Presidencia”, pontificaban.

Sin embargo, y a pesar de sus propias máquinas partidarias, Bachelet y Alvear llegaron a ser precandidatas a la Presidencia, sus compañeros de militancia tuvieron que tragarse el buey y el triunfo de Michelle Bachelet desató una euforia que sólo se había visto en nuestro país para el triunfo del No, en 1988.

Los chilenos fueron capturados por el encanto y la inteligencia emocional de esta socialista hija de un militar asesinado por la dictadura, que había tratado a la vida siempre de tú. Su irrupción en el escenario público fue un rotundo desmentido a la idea de que a las mujeres y a los jóvenes les interesaba poco la política.

Cansados de los modelos tradicionales, los electores apostaron a su liderazgo alternativo porque lo percibieron más honesto, participativo y comprometido con la solución de los problemas sociales.

Prometiendo un gobierno ciudadano y paridad en los cargos públicos, la Presidenta abrió las puertas de La Moneda para que entrase aire fresco. Sin embargo en el primer año de su gestión le tocó bailar con la fea. Debió enfrentar el desgaste de la Concertación y problemas heredados de administraciones anteriores como la corrupción o la catástrofe del Transantiago.

A esto se suma un cambio de época, con un Chile muy distinto al de los inicios de la transición y un escenario político aparentemente favorable- con mayoría en ambas Cámaras- pero en el que las huestes del oficialismo no juegan en equipo y condicionan su apoyo a según como sean los proyectos del Ejecutivo.

Aún así, aunque resulta evidente el costo emocional que ha tenido para ella ejercer un cargo no buscado pero en el que hoy parece sentirse más cómoda,  el respaldo de la opinión pública a su Mensaje y la actitud recién inaugurada por su gobierno de tomar la iniciativa auguran para Michelle Bachelet tiempos mejores para abordar con decisión los desafíos que tiene por delante.

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Marcia Scantlebury
Periodista
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